viernes, diciembre 19, 2008

¡Salud!

¡Salud!

Se le iluminaron los ojos. Después de prohibirle el café, el tabaco y sus alimentos preferidos, cuando el médico le recomendó una copa de vino en las comidas, se le iluminaron los ojos.

Ese mismo día al llegar a casa, desempolvó un rincón en el trastero y comenzó a hacerse su propia bodega. Además cada día, cuando pone la mesa, sobre un pedazo de cartulina de color azul, escribe con un rotulador rojo el menú del día. El de hoy es el siguiente:



















domingo, diciembre 14, 2008

Impulsos

Impulsos

En un primer momento se sintió abrumada por aquel denso silencio que se había instalado entre ambos, pero al mismo tiempo era como si ninguno de los dos se atreviese a quebrarlo. Fue un instante místico. Sus ojos se absorbieron mutuamente, hasta que de repente, dejó de existir el resto del universo; no había nada más que esos otros ojos, como si todo, el tiempo y espacio, se hubiesen concentrado en las pupilas y el iris que tenían enfrente.
Sintió su aliento sobre sus labios: húmedo y cálido. Y entonces fue consciente de lo cerca que se encontraban el uno del otro. Todavía no habían llegado a rozarse, pero ya podía intuir sus caricias, lentas, delicadas, deslizándose minuciosamente a lo largo de su excitada piel. Optó por ladear la cabeza, para permitir que el beso que pensaba estrellar contra sus labios, encontrara en el cuello la pendiente por la que deslizarse al resto del cuerpo. Fue un beso frágil, tan débil y tímido que le hizo desear un segundo, y un tercero. Cerró los ojos y se dejó llevar por aquella corriente de agua en la que se había convertido su cuerpo. Se detuvo a escuchar el débil susurro de sus ropas al rozarse, y adivinó de esta forma el lugar de cada caricia, un instante antes de que se produjera: el hombro, el seno, la cintura…
Buscó los botones de la camisa del muchacho y, desabrochando un par de ellos, hundió su rostro en aquel torso cálido. El se estremeció con el contacto, y ella se detuvo a concentrarse en el olor suave de esa piel.
El autobús se detuvo de súbito. Ninguno de los dos era consciente del tiempo que podía haber transcurrido, ni del lugar en el que se encontraban, sin embargo se sintieron a un tiempo sacudidos por la realidad. Ella volvió a mirarle a los ojos y reconoció en esas pupilas, al compañero de viaje con el que había compartido aquel trayecto tarde tras tarde. Se sintió confusa, y adivinó por su gesto que a él le había pasado algo parecido.
Entonces, impulsada por alguna extraña fuerza que no supo identificar, se abalanzó hacia sus labios y le besó con el ímpetu de quien no sabe qué será lo siguiente que va a suceder. Un segundo más tarde corría por la calle sin atreverse siquiera a girar la cabeza. En su lengua latía el sabor a vino afrutado de ese impetuoso beso.
Han pasado varios años, y después de aquel día no ha tenido el valor de volver a coger ese autobús. Sin embargo, todavía conserva en su memoria el aroma de aquel torso y el sabor de esos labios que descubrió una tarde al volver del trabajo.

sábado, diciembre 06, 2008

Perra vieja

PERRA VIEJA





Nunca quise a nadie como te he querido a ti. Te di mi tiempo, mi compañía, el calor de mi cuerpo en las tardes de invierno. Me doblegué a tus caprichos, obedecí tus órdenes, respeté tu espacio y esperé mi turno de caricias con paciencia. Nunca te pedí demasiado. Me bastaba con verte sonreír, con algún mimo ocasional. Me contentaba con saber que estabas a mi lado, con alguna tarde de juegos, con caminar a tu lado.
Pero entonces llegó ella y supe que te perdía. Era tan perfecta… La primera vez que la vi entre tus brazos pensé que iba a volverme loca. Nunca había sentido nada igual, esa punzada en el estómago, esa niebla temblorosa en los ojos. Y lo peor de todo es que tú ni siquiera te dabas cuenta de lo que me ocurría. Igual que nunca alcanzaste a imaginar cuánto te quería, ahora eras incapaz de entender cuánto podía llegar a odiarte.
Porque ella no tenía la culpa, ella era tan solo un cachorro: tu cachorro. Y era tan frágil, tan inocente, que hasta una perra vieja y castrada como yo podía sentir la obligación de protegerla.
Pero lo tuyo era distinto. Sí, ya sé que nunca me juraste amor eterno, pero permitiste que soñara con que todo seguiría igual para siempre, y eso vale tanto como una promesa.
Con el paso de los días, tu indiferencia hacia mí se hizo más y más palpable. Poco a poco ella absorbía cada hueco de tu tiempo, y yo me iba quedando cada vez más sola y más abandonada en mi rincón. Llegué a odiar todo lo que te pertenecía. Tu olor inundaba toda la casa, y me asfixiaba, me volvía loca. Un día, ebria de celos y agotada de dolor, me encaramé a una estantería y destrocé tus libros favoritos. Con cada mordisco, con cada zarpazo, descargaba buena parte de esa furia que había ido almacenando durante meses. Pero para mi sorpresa, a medida que desgarraba aquellas hojas, haciéndote daño a ti a través de tus objetos más preciados, la furia se multiplicaba y me hacía desear una venganza cada vez mayor.
Nunca había sido una perra agresiva. Jamás había mordido a nadie, ni siquiera fui un cachorro travieso, y apenas se me oía ladrar. Sin embargo de repente, comencé a espantarte a las visitas, y a desobedecerte. Hasta que vi el miedo en tus ojos, y entonces me di cuenta de cuál era tu talón de Aquiles.
Ella, tan pequeña y tan frágil, una presa demasiado fácil para mis deseos de venganza. Pero ¿realmente me crees capaz de eso? ¿Crees que mi locura llegaría hasta ese extremo? Si hasta una perra vieja y castrada como yo, podría sentir la obligación de protegerla.
Vaya, estoy empezando a pensar que tal vez haya llevado demasiado lejos mis sentimientos. Si pierdo tu confianza ¿qué me queda? Tal vez deba asumir que así serán las cosas a partir de ahora. Seguiré esperando mi turno de caricias, y te ayudaré a cuidar de tu precioso cachorro, hasta que sea lo suficientemente grande como para estirarme del pelo. Cualquier cosa con tal de apartar de tus ojos ese halo de miedo.
Pero ahora explícame una cosa: ¿Por qué vamos hoy al veterinario?

sábado, noviembre 15, 2008

Tiernamente bello

De vez en cuando, navegando a la deriva por la red, uno descubre tesoros como éste. Sencillamente precioso


lunes, noviembre 10, 2008

Soneto

Este soneto lo escribí cuando estaba embarazada de mi hija, en los primeros meses, cuando apenas comenzaba a sentirla dentro de mí.



Si ya te amaba antes de que fueras,
y de que Dios soplase tu latido.
Si deseaba en mi vientre hacerme nido,
ver en mi piel tu piel y que crecieras.

Si ya te amaba así, desconocido,
ahora que tus huellas son certeras,
ahora que te siento ya de veras,
sangre con sangre, y de latir sentido,

ahora que en mis venas te enmarañas,
y eres tú justo aquí, dentro, conmigo,
haciéndome sentir cosas extrañas.

Ahora eres locura en el ombligo.
Eres polvo de sol en mis entrañas,
y en nombre del Amor, yo te bendigo.

sábado, noviembre 08, 2008

Abismo

ABISMO

La conocí en el parque, junto al Puente de los Deseos, ese que tiene una baranda de piedra y desde donde los chavales tirábamos migas de pan a los barbos.
Ella tendría unos cuatro años, y siempre iba impecablemente vestida. Solía distraerse encaramándose a la baranda de piedra, mientras La Tata que la cuidaba, hablaba con su novio. Yo, con mis siete años, sentía un extraño vértigo cuando la veía desafiar al equilibrio, tan menuda y sin saber lo que era el miedo. Así que me impuse la responsabilidad de vigilarla para que no le ocurriese nada.
Tenía algo en la mirada que me tenía fascinado. En sus ojos, de un color entre miel y aceituna, se podía leer, ya tan pequeña, que estaba saturada de abundancia. Había en esa mirada una mezcla de desilusión, aburrimiento y deseo de huida.
Nunca cruzamos más de tres o cuatro palabras de cortesía. Ni siquiera supe jamás su nombre. Ella jugaba en el puente y yo la escoltaba. Ahí comenzaba y terminaba nuestra amistad.
Pasó el tiempo, La Tata se casó y la niña no volvió al parque. Yo también crecí, aunque nunca conseguí olvidarla. Sin saberlo, buscaba su mirada en todos los ojos que me encontraba.
Cuando cumplí quince años, mi tío me colocó de botones en el Banco donde trabajaba. Como era discreto y aplicado, en unos años me coloqué los manguitos y llegué a ser cajero. Desde mi puesto, podía admirar a las señoritas más distinguidas de la ciudad, pero ninguna conseguía llamar mi atención. Ninguna era como ella.
Un día, tendría yo veintiún años, la vi entrar en el Banco y el corazón me dio un vuelco. Llevaba un vestido de organza, y en la cabeza, un discreto tocado y un recogido en la nuca, lograban domar aquel pelo alborotado, que de niña escondía bajo un bonete. Iba del brazo de un hombre de unos cuarenta años, a quien yo conocía de vista, por ser cliente asiduo del Banco.
Enseguida, el director salió de su despacho a saludarles, y el hombre la presentó como su esposa.
─Un placer ─dijo el director. Ella le contestó con una ligera inclinación de la cabeza.
Yo, sin quererlo, no podía apartar la vista de esos ojos. Después de tantos años, ahí estaban: el mismo color entre miel y aceituna, la misma mirada de hartazgo, el mismo aire aburrido, la misma querencia al abismo.

sábado, noviembre 01, 2008

Mario y Ana


MARIO Y ANA




Recostado sobre la arena de la playa, Mario juega a recorrer la espalda de Ana con su dedo índice. En sus labios todavía late el sabor a Vodka y sal de los últimos besos. No hay nadie en la playa, pero aún así, c Ana se acerca a Mario para refugiarse pudorosa entre su cuerpo. Él se asoma en sus ojos, buscando tal vez algún rastro de los pensamientos que en ese momento ocupan su cabeza. Los observa detenidamente intentando encontrar en ellos alguna muestra de emoción, algo que le permita averiguar cómo se siente. Sin embargo no consigue atisbar nada dentro de esos ojos. Parecen ausentes.
- Estás muy callada.
- Me gusta el silencio.
- El silencio es una forma más de egoísmo.
- ¿Eso piensas? Bien, en ese caso supongo que de vez en cuando es conveniente ser egoísta.
Una vez más Mario se siente desorientado. Nunca sabe qué es lo más apropiado después de hacer el amor con una mujer prácticamente desconocida. Siempre tiene la sensación de que haga lo que haga estará mal hecho.
Quizás debería marcharse justo en este momento. A veces hablar tan solo sirve para estropear lo que fue una noche preciosa. A veces, la luz del día se empeña en borrar los tintes románticos que se inventó la noche.
Hay historias que están hechas para durar apenas unas horas. Pero ¿quién sabe?

miércoles, octubre 29, 2008

Relato

Anoche, mientras escuchaba la radio, decidí que debía dar un giro a mi vida. Andaba en la cocina, como de costumbre, a vueltas con la cena mientras mi marido veía el fútbol en el comedor y mi nieto deambulaba alrededor de mi falda sin parar de hacer preguntas. Aquella noche mi nuera tenía otra vez guardia y mi hijo había llamado para decir que se retrasaría un poco en venir a recogerlo. Los dos trabajan demasiado, pero a mí no me importa ejercer de abuela las horas que haga falta. Criar a mi nieto me hace sentir joven y sus miles de preguntas me obligan a pensar que tal vez las cosas no son siempre tan simples como parecen.
De hecho, anoche también fue una pregunta suya, al hilo de una cuña de la radio en donde anunciaban un concurso de relatos, la que me hizo despertar:
- Abuela ¿qué es un relato? – me dijo sin apartar los ojos de sus juguetes.
- No sé hijo… un cuento creo.
- ¿Un cuento como los que tú me cuentas cuando me acuesto?
- Parecido.
- Mi mamá no sabe contar cuentos. Y mi papá tampoco. Me ponen un DVD y lo vemos juntos. Pero a mí me gustan más tus cuentos abuelita. ¿Por qué no les cuentas un cuento a los de la radio?
- Porque yo no sé escribir cuentos cariño.
- ¿Por qué?
- Porque no fui a la escuela.
- Pero tú sabes muchos cuentos.
- Sí, pero no sé escribirlos.
- ¿Y por qué no fuiste a la escuela abuela?
- Uhhh! Eran otros tiempos cielo… si yo te contara.
Y ahí quedó la cosa, aunque en mi cabeza ya no paré de rumiar aquella conversación durante el resto de la noche.
Esta mañana he ido a matricularme en la escuela de adultos. A ver…, si mi hijo y mi nuera, con tantos estudios, no saben de cuentos… alguien tendrá que escribírselos a mi nieto.

domingo, octubre 26, 2008

Si nos dejan...

Si nos dejan, encontraremos la manera de entendernos. Pero si no lo lográsemos, recuerda que dirán que el fracaso ha sido nuestro.

domingo, agosto 31, 2008

Entre el silencio

Entre el Silencio

Son las tres y media de la madrugada y todo es quietud; ni siquiera sopla el viento como lo hacía la noche anterior, golpeando las persianas, las ramas de los árboles, silbando al colarse por los rincones de algunas callejuelas, levantando en remolino polvo y hojas secas. Tampoco se oye a los ratones correr por el falso techo, ni al perro abandonado que deambula desde hace meses por las calles. Todo es silencio. El reloj despertador marca desde la mesilla de noche el rítmico paso del tiempo, mientras Marian, desvelada, se agita debajo de las sábanas. Desde hace un rato intenta escuchar, a través de la oscuridad de la noche, la respiración de su madre en el dormitorio de al lado. Intuye que estará despierta, escuchando el silencio, e imagina que estará esperando a que ella se duerma. No sabe qué querrá hacer, pero una cosa tiene segura: ahora no puede dormirse.
Sucumbir al sueño podría costarle otro disgusto como el de aquella madrugada, el pasado verano, cuando alrededor de las cinco y media la despertó el aullido del teléfono, insistente sobre la cómoda. Era mal augurio y en consonancia reaccionó su corazón, que se puso a latir alocadamente golpeando el pecho y nublándole la mente.
- ¿Diga? - La voz que apareció al otro lado del auricular era familiar, pero eso no la tranquilizó en absoluto. Estaba hablando con el cabo de la guardia civil.
- Marian, soy Angel, y te llamo desde el cuartel. Ante todo quiero que te tranquilices, tu madre se encuentra bien. -Un torrente de incógnitas invadió su cabeza y después de un segundo de confusión sólo alcanzó a contestar:
- ¿Có-cómo?
- Marian, tu madre está aquí con nosotros, y está bien.
- ¿Cómo que mi madre está contigo?. ¡Mi madre está durmiendo en su alcoba!– A esas alturas las lágrimas ya corrían sin control sobre sus mejillas. Lágrimas de impotencia y de vergüenza por lo esperpéntico de la situación.
- Tranquilízate, que no pasa absolutamente nada. Escúchame Marian, hemos encontrado a tu madre caminando por el río. Va en camisón y zapatillas; vamos, creo que se ha levantado de la cama y se ha ido a dar un paseo, pero está bien. Marian, no llores, por favor ¿quieres que la llevemos a casa?.
- No, Angel. Voy yo para allá. Tardo cinco minutos.

Cuando llegó al cuartel ella estaba tan feliz, sentada en una butaca y jugando a las cartas con Mario, el guardia que estaba de servicio aquella noche. Ganaba y reía, mientras Mario maldecía entre bromas y más risas.
En aquel instante Marian comprendió que a partir de entonces pasaría muchas noches en vela, indagando en los ruidos de la noche para averiguar en la respiración de la anciana sus intenciones.
Como hoy, adivinando en la quietud sus movimientos bajo las sábanas. Hace frío y debe de estar tapada hasta los ojos, y estos abiertos de par en par, hartos de insomnio y quizás anclados en imágenes vistas hace años, en algún momento en el que fue feliz y que su cerebro se empeña en rescatar.
A veces, cuando la está peinando y le recoge el pelo en un moño con cientos de horquillas negras, pierde la mirada en el espejo del cuarto de baño y se siente niña. Piensa que quien la peina es su propia madre, la abuela de Marian, para ir a misa; entonces imagina que se vestirá con ropa de domingo y se pondrá un lazo grande en el pelo, y después se esperará un rato en la era para jugar al tejo. Otros días le pregunta que cuando va a volver su marido, y se empeña en que tiene que cocinar porque estará a punto de llegar del campo y tendrá hambre.
- Mamá, papá murió hace siete años.
- Ya lo sé, ¿crees que no me acuerdo de cuando lo trajeron del río?, tan empapado, tan pálido, hinchado como una bota. Lo colocaron encima de la cama con muchas flores.
- Mamá, ese era el abuelo. Fue el abuelo el que se ahogó en el río cuando tú eras pequeña.
- ¿Te acuerdas …?
- No, pero me lo has contado muchas veces.
- El pueblo entero vino a verle, incluso de los cortijos venían con sus trajes nuevos a velar al ahogado. Estaba muy frío, y parecía de cartón. Le cruzaron las manos en el pecho, le cerraron los ojos. Tenía mucho barro por todas partes, y madre lo limpiaba llorando mucho. Lloraba tanto que tenía la cara arrugada, y aquel día se hizo vieja de repente.
A Marian le gustan las historias que le cuenta su madre, aunque las conoce como si las hubiese vivido ella misma de tantas veces como las ha escuchado. Disfruta sondeando la profunda memoria de la anciana, comprobando cómo recuerda todos los detalles de lo que le ocurrió veinte, cuarenta o sesenta años atrás. La mente humana es realmente compleja, piensa. Seguramente hay tardes que es incapaz de recordar qué ha comido a mediodía, y sin embargo sabe perfectamente el vestido que llevaba puesto en las fiestas el año en el que conoció a su marido y la sacó a bailar.
El maullido de dos gatos enfrentándose la sacude bruscamente en la cama. Sobresaltada mira a todas partes, el reloj le confirma que se ha quedado dormida. Asustada da un salto y corre a la habitación de su madre. No sabe por qué, pero tiene un mal presentimiento. La puerta está cerrada; al empujarla las bisagras emiten un quejido suave. Marian entra en ella y al verla no puede evitar derrumbarse; con la cara entre las manos se sienta al borde de la cama y deja que las lágrimas se escurran entre los dedos. La habitación está desierta, la cama hecha y las puertas del armario, abiertas de par en par muestran su interior vacío.
Marian empapa la colcha de hilo sin entender qué es lo que le está pasando. Hace más de dos meses que su madre ya no está a su lado, pero algunas noches, entre el silencio, su presencia sigue latiendo en la casa a través de sus sueños.

lunes, julio 28, 2008

Cosas de niños

COSAS DE NIÑOS

─¡Papá! ¡Papá! ¡Ven, ven, corre!
─Niño, ¿no te he dicho mil veces que cuando los mayores están hablando no se les molesta?
─¡Pero es que tienes que venir!
─Qué niño tan mal educado. Mira, ahí vienen tu madre y tu tía, vé y diles a ellas.
─¡Mami! ¡Mami! ¡Corre, tienes que venir!
─¡Virgen Santa! ¡Qué carreras! Pero si estás sudando. A ver si ahora vas a coger frío.
─Pero escúchame, es que es urgente. Ta...
─¡Ay! Estos críos… Venga, vete a jugar con tus primos.
─¡Pero mami! ¡tía…!
─Pero ¡ay que ver qué pesaditos que os ponéis a veces! A ver, ¿qué tripa se te ha roto?
─A mí no, tía. Pero la prima Tamara se ha caído de un árbol.

domingo, julio 20, 2008

Sueños


SUEÑOS

Hace tiempo que tengo miedo a mirarme desde afuera, porque sospecho que no va a gustarme lo que vea. Me he pasado la vida intentando escuchar, intuir, asimilar qué esperaban los demás de mí, y por el camino acabé confundiendo mi identidad con la imagen que habían levantado los que me rodeaban. No soy la persona que yo deseaba, sino el reflejo de lo que otros han querido que yo sea. Y puedo dar fe de que un triunfo no deseado puede resultar insípido.
Al mismo tiempo, a golpe de años, voy siendo consciente de la facilidad con la que puede llegar a instalarse la tristeza en mitad de las largas tardes. Es duro comprobar cómo son otros los que van cumpliendo tus propios sueños.
Mis sueños. Me pregunto en qué momento de mi vida me olvidé de ellos. Tal vez los guardé temporalmente en algún cajón y me dejé arrastrar por la inercia de los días. Después los pobres se fueron cubriendo de telarañas hechas a base de rutinas, de urgencias, de leyes de vida… hasta que a fuerza de no limpiar los cajones dejé que pasaran los años y los sueños se me hicieron viejos. Se caducaron.
Mis sueños. Como fotos viejas de un futuro que nunca será. Esas fotos que descubro de repente al abrir de nuevo aquel cajón, un día como otro que, cansada de días como otros, intento buscar, indagar entre los trastos viejos. Y ahí están mis sueños. Semienterrados entre un montón de objetos antiguos… y la verdad es que no sé muy bien qué hacer con ellos.
No sé si llorarles el abandono y darlos por muertos. No sé si intentar reanimarlos (tal vez no estén tan mal después de todo). Pero qué pereza. Claro, lo mismo soy yo la que está ya un poco vieja. No sé si mirar hacia otro lado y hacer como que no los he visto. No sé.
A veces tengo ganas de meterme yo misma dentro de uno de esos cajones y escaparme de todo. Esconderme. Así evitaría nuevamente esa tentación absurda que me sobreviene de vez en cuando, de intentar mirarme desde afuera.

sábado, junio 28, 2008

El mendigo


El mendigo


Vive en la calle y hace tanto tiempo que nadie lo llama por su nombre que a veces él mismo piensa que ni siquiera existe. Suele sentarse en un banco del parque, siempre en el mismo, con la mirada perdida en el infinito. Lleva un sombrero gris muy raído, el mismo en verano y en invierno, y un abrigo viejo y roto, de un color indeterminado, entre negro, gris, verde y marrón oscuro.
A veces extiende la mano con la palma abierta y hueca, como un cuenco y murmura una letanía ininteligible, como hacen las mujeres rumanas que piden dentro del mercado. La gente circula y finge ignorarlo, miran hacia otro lado o clavan los ojos en el suelo. Pero él permanece inmóvil en su postura, porque sabe que, tarde o temprano alguien se detendrá y dejará caer unas monedas en su mano o en el suelo. Entonces él las guardará en su puño izquierdo, porque tiene los bolsillos rotos, y marchará al mercado para gastarlas rápidamente en su pequeño placer de cada día: una caja de vino de cartón.
Camina torpemente, tambaleándose y arrastrando los zapatos viejos por el pavimento. Ya ha dejado de ser invisible, y la gente que bulle alrededor ahora lo esquiva. Algunos se cruzan de acera como si tuviesen miedo de acercárse demasiado. Tal vez sea su olor agrio, o su barba enmarañada de un gris amarillento. ¡Qué fea es la miseria! vocea. Y alguno se detiene y lo mira escandalizado. ¿Fea? Tú sí que eres fea – le dice a una mujer que se cruza en su camino. Ella baja la cabeza y aprieta el paso.
Al caer la tarde bordea el mercado y merodea entre los contenedores, donde se reparte el alimento con otros indigentes y algunos perros abandonados. Su estómago no necesita demasiado alimento, así que casi nunca discute con ninguno de los otros. Tan solo espera a que oscurezca para buscar un rincón tranquilo y esperar a que el sueño haga de tránsito entre ese día y el siguiente. Otro día exactamente igual a todos.

sábado, junio 14, 2008

Aire y agua (poesía)

Somos igual que el aire.
Este aire tranquilo
que te besa en la cara
y que te enreda el pelo,
que juega con mi falda,
y hace temblar las hojas.
Parece el mismo aire,
y al momento ya es otro,
en el mismo lugar,
con la misma frescura,
pero un aire distinto.
Somos igual que el agua
que nos llueve esta tarde.
Esta lluvia mansa y ligera
que se adhiere al cristal
como cada otoño.
No te engañes.
Parece la misma lluvia,
pero cada gota de agua
es única e irrepetible.
Igual que nosotros.
Irrepetibles a cada segundo.
Diferentes en cada instante.
No te confíes en la trampa lineal de la rutina.
Yo ya no soy la misma que era ayer.
Y tú no eres igual que serás mañana.
Somos aire y agua
¡Afortunadamente!

lunes, junio 09, 2008

La lágrima



LA LÁGRIMA




Tu padre ha salido por la puerta dando un portazo, y nos hemos quedado las dos con nuestras lágrimas en la garganta y el pulso alterado. No te preocupes, ya pasó todo, y apenas me duele la bofetada. No, cariño. Me han dolido mucho más las palabras, los gritos, y sobre todo que tú lo escuchases todo. Porque aunque aún eres pequeña y todavía no entiendes lo que decimos, enseguida te has puesto a llorar, y deduzco que esa era tu pequeña manera de defenderme.
Ahora pareces mucho más tranquila. Te he puesto al pecho para calmarte y has tardado escasamente dos minutos en cerrar tus ojos y quedarte dormidita. Observo tu respiración, tu silueta tan plácida y no puedo evitar que una lágrima caiga sobre tu mejilla blanca. Tú ni siquiera te has inmutado mientras resbalaba hacia tu barbilla, por debajo de mi pecho.
A veces me pregunto si no estarás mamando demasiado dolor.

miércoles, mayo 28, 2008

Todo está bien así

TODO ESTÁ BIEN ASÍ

(Segundo premio Certámen de Relato Ciudad de Chinchilla 2008)

A Enma le gustaba el orden y la rutina le daba seguridad en sí misma, por eso cada día era para ella un ritual de costumbres. Tenía un sitio para cada cosa y un momento para cada pensamiento. Su vida estaba planificada al milímetro, de manera que todo fluyese sin el más mínimo sobresalto.
Aquel día, como tantos otros, mientras conducía de regreso a casa ponía en orden sus pensamientos. Solía aprovechar esos treinta minutos de soledad para hacer la transición del despacho a la familia, guardar las preocupaciones en la guantera del coche y recoger el hilo de su vida personal tal y como lo había dejado por la mañana. Cuando llegó a casa, como de costumbre, comió sola el guiso recalentado que había preparado la noche anterior, recogió la cocina mecánicamente, encendió una vela con olor a manzana, y se sentó un instante delante del televisor.
A las cinco en punto pasó por la escuela para recoger a Iván. Nada más verla, desde la fila que formaban junto a la puerta, el niño le envió una sonrisa llena de energía contenida. Enma se deleitó en los enormes ojos castaños que ya se acercaban al trote alborotando la tarde adormilada.
—Se me ha caído el diente —silbó mientras se señalaba la encía con el dedo índice.
—¡Vaya! esta noche vendrá el Ratoncito Pérez.
Mariano, por el contrario, era el punto imprevisible de la casa. Trabajaba hasta las ocho, aunque tenía por costumbre quedarse después del trabajo con algún compañero para tomar unas copas. Cuando no había fútbol, había algo que celebrar. Enma se había acostumbrado a no esperarlo hasta después de las once.
A las nueve acostó al niño, recostada sobre el nido le leyó un cuento, y cuando se quedó dormido aprovechó el beso para dejarle un billete de cinco euros debajo de la almohada.
—¿Ha llegado ya papá? —preguntó como cada noche entre sueños.
—Todavía no.
—Pues que no se le olvide darme un beso cunado llegue.

Esperaba a Mariano sentada en un sillón, con un libro entre las manos y un CD a media voz sonando en el equipo de música. A veces, conforme iban avanzando las horas, la lectura se veía interrumpida por miradas intermitentes al reloj de pared, y cuanto más corrían las agujas y comenzaban a repetirse las canciones del disco, las líneas del libro se volvían más densas, hasta que los párrafos se negaban a continuar con la historia. Aquella noche, la novela se quedó atascada en un párrafo infinito que daba vueltas sobre sí mismo en mitad de la página 247.
Era ya la una y media cuando Enma marcaba por tercera vez el teléfono de Mariano, y por tercera vez volvió a chocar con aquella voz sin espíritu que le repetía que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.
En algún momento se quedó dormida en el sillón. Cuando se despertó, sacudida por un horrible dolor en las cervicales, el reloj marcaba ya las cinco y cuarto. Se levantó con torpeza y se dirigió al dormitorio maquinalmente. Al meterse en la cama de matrimonio naufragó en aquel espacio tan inmenso. Sólo entonces fue consciente de lo que ocurría. Era la primera vez que dormía sola en aquella cama.
Se despertó un segundo antes de que sonara el despertador, y fue tan grande el desamparo que sintió, al verse sola en el dormitorio, que optó por seguir durmiendo e ignorar las últimas horas, como si todo hubiese sido un mal sueño que tarde o temprano comenzaría a desvanecerse. No quería hacerse preguntas, no tenía curiosidad por saber qué podía haber ocurrido; parecía como sin en el fondo, no estuviese preocupada por su marido, como si supiese que no le había ocurrido nada. Era su soledad y la incertidumbre lo que la asustaba. Pensó, que si no se levantaba de la cama, no tendría que enfrentar aquella situación insólita, tan sólo tendría que dejar pasar las horas y dejar que el orden se restableciese por sí solo.
Cuando Iván llegó al dormitorio, Enma dormía con la cabeza bajo la almohada. El niño se metió entre las sábanas y la sacudió con fuerza. Mamá, ¡Mamá! ¿dónde está papá?. Era la vida quien la sacudía para decirle que debía continuar y hacer frente a aquel día, trajese lo que trajese escondido.
—Mamá ¿estás despierta?.
—Papá se ha tenido que ir de viaje —alcanzó a mentir intentando que la voz no se le quebrase demasiado.
—¿Sabes mamá? ha venido el Ratoncito Pérez —Enma contestó con un beso.
Se sentía confusa. De repente, su pequeño universo perfectamente ordenado se desmoronaba. Pero… ¿qué había ocurrido?
Por primera vez en diez años llamó a la oficina para decir que se sentía indispuesta y que no acudiría a trabajar. Tenía demasiadas dudas, pero parecía tener muy claro que aquella mañana no podía acudir al despacho. Al menos no hasta que lograra establecer de nuevo el orden dentro de su vida. Vistió a Iván, desayunaron juntos y se dispuso a llevarlo al colegio. Normalmente era Mariano quien se encargaba de eso, pero al niño no pareció importarle demasiado el cambio. Ni siquiera volvió a preguntar por él durante el trayecto.
Después de dejar al niño en la puerta de la escuela dedicó unos minutos a pensar en el siguiente paso que daría. El teléfono de Mariano seguía desconectado, así que no le quedaba otra opción que buscarlo físicamente. El primer sitio donde iría sería la oficina donde trabajaba su marido, tal vez allí le dieran alguna clave sobre su paradero.
Estuvo más de media hora en la puerta, sopesando la vergüenza de contar lo ocurrido con la urgencia de saber algo sobre su esposo. Algo le decía que aquella búsqueda era inútil, que Mariano se había ido por su propia voluntad. Lo cierto, aunque sólo ahora era capaz de verlo claramente, es que en los últimos meses su relación se había ido enfriando progresivamente. Esos silencios a los que no había sabido darles importancia, ahora se hacían realmente evidentes. Pero… ¿y si realmente le había ocurrido algo? Por un instante se decidió y empujó la puerta de la oficina. Acto seguido se arrepintió, pero ya era demasiado tarde. Ya estaba dentro, y Carolina, una de las empleadas se acercaba para saludarla efusivamente.
—Enma, ¡que sorpresa! ¿qué te trae por aquí? ¿qué tal Mariano? Ayer empezaba en su nuevo trabajo… Estará contento ¿no?
—Sí, es exactamente el cambio que necesitábamos todos —improvisó.
De repente, en mitad del absurdo, las piezas iban encajando. Tal y como había imaginado la desaparición de sus marido no había sido algo fortuito, sino que estaba perfectamente premeditada. Y ni siquiera había tenido el valor suficiente para plantear el problema. Se había marchado sin más, sin despedirse de su hijo, sin una explicación, ni un a advertencia, por la puerta falsa, de la manera más egoísta que cabía imaginar. Y allí estaba ella, como un idiota, buscándole, preocupándose, esperándole. Se sintió estúpida. No humillada ni dolida; simplemente estúpida. Por eso, en aquel instante decidió que no quería saber más detalles. No le buscaría, ni siquiera le guardaría rencor, ni pensaría en qué había salido mal. Simplemente, pensó, pasaría página y seguiría adelante.

Tres meses necesitó para olvidar completamente, para ajustar su vida de nuevo. Dejó todo aquello que le recordase a su marido en manos de un abogado, y se dedicó por entero a ignorar su existencia. Tres meses necesitó Iván para dejar de preguntar por él cada noche. Es curiosa la capacidad de olvido que posee un niño a los cinco años. Tres meses sin esperar a nadie por las noches, leyendo plácidamente hasta caer dormida. Pero nada es eterno, y detrás de un momento de paz, siempre espera una sorpresa, de manera que una noche, mientras bañaba al niño sonó el teléfono y toda la armonía se quebró en un segundo.
—Enma, soy Mariano. Os echo de menos, y me gustaría volver a casa —Así, con la misma sangre fría con la que se fue, ahora quería borrarlo todo y regresar a casa. —Tenemos que hablar, Enma. Me he dado cuenta de que he hecho una tontería, pero creo que aún podemos arreglarlo.
—Creo que no hay nada que hablar. Todo está bien así.
—Déjame que os vea. Os lo explicaré todo…

Cuando Mariano entró al bar donde había quedado con Enma todavía faltaban diez minutos para la hora marcada. Se sentó en una mesa en un rincón, junto a los aseos, tal y como había acordado por teléfono, y se dedicó a esperar mirando por la ventana. No estaba seguro de qué diría, pero Enma lo comprendería todo… No podía tirar por la ventana tantos años. Y además estaba Iván. Necesitaba verle. Seguro que él también le había echado de menos.
Conforme fueron pasando las horas, comenzó a sudar visiblemente. No se había planteado la posibilidad de que ella se echase atrás en el último momento. A lo mejor se había olvidado… El teléfono estaba desconectado. Y si le hubiese pasado algo…
Una hora después se dirigió a su casa en busca de respuestas. La sangre se le heló cuando vio aquel camión de mudanza y el cartel fluorescente de una inmobiliaria que, colgado en la ventana gritaba SE ALQUILA. Volvió sobre sus pasos aturdido. Aquello no entraba dentro de sus cálculos. No, eso no podía estar pasando, seguro que todo tenía una explicación racional. A lo mejor Enma acababa yendo al bar y se lo explicaba todo. Volvió a sentarse en la misma mesa, junto al rincón, pidió una copa al camarero y éste se la sirvió acompañada del periódico del día. Comenzó a hojearlo más por desesperación que por curiosidad. Las manos pasaban las hojas rápidamente, entreteniéndose apenas en los grandes titulares. Entonces lo vio. Ocupaba media página, y las letras parecían tener relieve para que saltasen a sus ojos.

Ha fallecido a los cuarenta y dos años de edad
MARIANO PÉREZ ROBLEDO
El entierro se celebrará en la intimidad por expreso deseo de los familiares. Su viuda y su hijo ruegan una oración por su alma. Descanse en paz.

sábado, mayo 24, 2008

Thalía (Relato desde tres puntos de vista)

THALÍA



PRUEBA NÚMERO UNO


EXTRACTO DEL DIARIO EN CUYA PORTADA APARECE EL NOMBRE DE THALÍA.

25 de abril, once de la mañana


Sé que vendrá esta noche. Lo espero. Sé que querrá matarme, ya lo ha intentado otras veces.
La última vez me salvó Doña Elvira, la vecina. ¡Qué suerte que se presentara justo a tiempo! A veces conviene tener una vecina de las que se entrometen en tu vida. Es un poco cotilla, pero hay que comprenderla. La pobre se aburre. La televisión es su única compañía, y a veces cansa. Además, como se pasa el día viendo programas de sucesos, parece como si hubiese desarrollado un instinto sobrenatural para presentir estas cosas.
El caso es que llegó en mitad de la pelea. Yo ya sabía, desde el primer grito, que aquello iba a terminar mal. Y así habría sido si Doña Elvira no se hubiese puesto a golpear la puerta y a amenazar con llamar a la policía. Eso fue lo que me salvó. Marcelo teme a la policía. Desde que estuvo en la cárcel por ese lío con la cocaína, no puede ni ver a alguien vestido con el uniforme azul. Es enfermizo.
Lo pasó mal en la cárcel. ¡Pobre! Y lo más triste es que él realmente no tenía nada que ver con aquel follón. Él no era más que un triste camello, el último eslabón de algo mucho más grande, que como siempre siguió quedando enterrado. Cuando la policía entró en el piso, él estaba allí de pura casualidad. Él fue el primer sorprendido cuando encontraron todos esos kilos de polvo.
El mismo día que salió vino a buscarme. Yo lo esperaba ilusionada, pero enseguida me di cuenta de que había cambiado en el tiempo que estuvo encerrado. Era mucho más violento. Estaba resentido con todo el mundo. Y lo peor es que, por algún extraño motivo, pagaba su enfado conmigo, con la más débil, con la única que le ha escuchado siempre.
Me culpa de todo lo que le ocurre. De que su padre le golpeara una y mil veces cuando era niño, que lo echara de casa cuando le dijo que era maricón, me culpa de la vida que lleva, de antro en antro. Dice que yo le ofrecí su primera raya, y la segunda, y que poco a poco lo llevé de la mano hasta la vida de mierda que lleva. Ya me gustaría a mí tener una vida ordenada, trabajar en una oficina, y dormir de noche como todo el mundo. Pero a los transexuales no nos contratan así como así. Además, lo mío es el espectáculo.


PRUEBA NÚMERO DOS


DECLARACIÓN DE DOÑA ELVIRA GARCÍA, VECINA DE LA VÍCTIMA.


¡Ay Dios mío! Si esto lo veía yo venir, señor comisario. Verá, yo vivo en este edificio desde hace más de treinta años, y aquí hemos tenido gente de toda, prostitutas también, pero eran discretas las chicas. Pero hijo, desde que vino ésta, ya sabía yo que íbamos a tener problemas.
Bueno, me imagino que ya sabrá usted que no era una mujer. Ella, bueno él, o sea, usted me entiende, decía que se llamaba Thalía, pero yo me figuro que ese nombre era inventado, un nombre artístico o algo así, porque ese nombre no lo he encontrao yo en el santoral.
El caso es que, hombre o mujer, en este piso siempre había bronca. Yo creo que llevaba mala vida, porque salía siempre de noche, a eso de las diez, muy bien compuesta y con mucho perfume, y volvía ya de día, y casi siempre acompañada de otros hombres, que no es que a mí me importe, ya ve usted. Cada uno que haga lo que quiera. Y si era puta, bueno, prostituta, pues bueno, eso es cosa de cada uno, pero claro, si empiezan a montar líos y eso, por ahí sí que no paso.
En fin, que como le decía, en este piso, raro el día que no había broncas. Hace una semana, sin ir más lejos, escuché voces. Se la oía gritar a ella, pero mucho más a otro hombre. No sé decirle bien quién era, porque ni lo oí llegar. A lo mejor era su hermano. Ella me contó una vez que tenía un hermano, que había estado en la cárcel y que lo había pasao muy mal allí. Desde entonces, me dijo, se había vuelto un poco violento. No sé más. El caso es que el hermano, o quien fuera, gritaba que le había destrozado la vida, y que la iba a matar. Yo, claro, me asusté, y empecé a dar golpes en la puerta. Cuando dije que iba a llamar a la policía se callaron de repente.
Pero hoy, Dios mío, hoy es que no he oído nada hasta que era tarde. Mire usted, yo ya soy mayor, y no duermo bien, así que cuando me acuesto, me tomo unas pastillas que son mano de Santo. Así que si hubo discusión o no, eso no se lo puedo decir. Sólo sé que oí un disparo. Imagínese qué susto. Aún se me acelera el corazón de acordarme. Entonces les llamé a ustedes. Lo demás lo saben ustedes mejor que yo.


DIARIO DE THALÍA

25 de abril, siete de la tarde.

Ha estado aquí. Me ha dejado una nota sobre la cómoda de mi dormitorio. Tengo que matarte —dice— aunque me cueste a mí también la vida.
Sé que es capaz de hacerlo, y estoy asustada. Pero no me atrevo a ir a la policía. ¿Qué van a hacer? ¿Ponerme un escolta de día y de noche? Además, empezarían a hacer preguntas. No, esto me lo tengo que solucionar yo sola. Como todo en la vida.
Para empezar, esta noche no iré al local. Seguro que es allí donde me buscará primero. Además, esto es cosa mía, no voy a permitir que nadie se vea mezclado en esta basura. Hablaré con él e intentaré hacerle entrar en razón. Como siempre he hecho.


INFORME DEL COMISARIO DANIEL ESTÉVEZ SOBRE EL CASO DEL CADÁVER ENCONTRADO EN LA CALLE MIGUEL HERNÁNDEZ EL DÍA 26 DE ABRIL DE 2008

Alrededor de las cinco de la madrugada del día veintiséis de abril, se recibe en esta comisaría un aviso por parte de una vecina de la calle Miguel Hernández número ciento dos. La señora se identifica como Doña Elvira García, y asegura haber escuchado un ruido, como un disparo, procedente de la vivienda contigua a la suya.
A eso de las cinco y cuarto, yo mismo, junto con dos efectivos de este cuerpo, nos personamos en dicha vivienda, y tras llamar al timbre y no obtener respuesta, decidimos entrar en la casa. La vecina nos manifiesta que tiene una llave, así que ella misma nos facilita la entrada.
En el salón de la vivienda, junto a la ventana, encontramos un cuerpo sin vida, de apariencia femenina, en cuya frente presenta un disparo y un hilo de sangre que cae sobre la nariz. La mujer viste un camisón de raso de color negro. Junto a ella, a escasos centímetros de su mano derecha, aparece un revólver.
La habitación está completamente desordenada. Se recogen del suelo varios objetos para la investigación: restos de un jarrón de cerámica hecho añicos, un vaso de cristal y un trozo de alfombra sobre el que hay líquido derramado. En la mesa hay un plato con comida y una botella de güisqui. Sobre el mantel también hay una tarjeta de un hipermercado y restos de cocaína.
En el dormitorio encontramos, sobre la cama deshecha, un cuaderno en cuya portada se lee: DIARIO DE THALÍA, y sobre la cómoda, entre utensilios de maquillaje y perfumes, aparece una nota manuscrita. Observamos que la letra de ambos escritos es similar, y también las recogemos como prueba.
Tras analizar las huellas dactilares recogidas de la escena, sólo aparecen las de la víctima, que según los archivos de la policía se corresponden con el nombre de Marcelo Hernández López.
El informe de la autopsia revela que se trata de un suicidio.

jueves, mayo 01, 2008

Muy-micro-relatos

Hoy voy a dejar un par de cuentículos para lectores apresurados. A veces una sola frase puede desatar en nuestra imaginación toda una historia.





EL FINAL DE UN REINADO

Pero a la mañana siguiente, entre la resaca, la princesa descubrió que la vida continuaba más allá del cuento.








APOCALIPSIS

Y Dios dijo: Apáguese la luz, y el mundo desapareció.

viernes, abril 25, 2008

La Ventana


LA VENTANA



Ni siquiera sabía pronunciar el nombre de mi enfermedad, pero intuía el poder de esa palabra, mucho más intenso que el pálido de mi piel y que el rojo de la sangre que escupía al toser. La primera vez que la oí nombrar fue de los labios del médico, a los pies de mi cama. Recuerdo el gesto de mi padre al escucharlo, las lágrimas de mi madre, a mi tía Eugenia sacando a mi hermana pequeña del dormitorio… A partir de entonces mi vida se iba a ver reducida a aquellas cuatro paredes.
Al menos tenía mi ventana. Aquella ventana con sus visillos lánguidos que retrataba el único ángulo soleado de un parque más bien pequeño. Ése fue durante meses mi único contacto con el mundo exterior. Desde allí veía a los niños jugando a la salida del colegio. Reían, gritaban, corrían, saltaban… alargaban las breves tardes revolviendo la hojarasca o escondiéndose entre los árboles desnudos. No hacía tanto tiempo que yo mismo había compartido juegos con ellos, y sin embargo me parecían extremadamente lejanos desde detrás del cristal. Como si perteneciesen a un universo diferente.
Eran contadas las visitas que recibía al cabo del día. El primero, puntualmente cada mañana, era el médico. Entraba siempre acompañado de mi madre, a la que veía cada vez más pequeña y más arrugada conforme pasaban los días. Era una visita silenciosa en la que se limitaba a auscultarme, tomarme la temperatura y preguntarle a mi madre cómo había pasado el día anterior. Nunca se dirigía directamente a mí, y sin embargo yo tenía la sensación de que de alguna manera me protegía. Cuando sea mayor, seré médico, pensaba en cuanto salía por la puerta de mi cuarto.
Al caer la tarde, justo cuando los chavales ya comenzaban a dirigirse a sus casas y la escasez de luz me dificultaba disfrutar del parque desde la ventana, era cuando llegaba el maestro. Entraba siempre con una sonrisa en los labios, a pesar de que se le notaba el cansancio en el rostro y en el pelo canoso. Él nunca supo cuanto me alegraba su presencia, aunque el polvo de la tiza en su traje oscuro y entre sus dedos me hacía recordar el aula, el verde de las pizarras y el griterío de los compañeros. Sin ellos las matemáticas eran mucho más áridas si cabía. Cuando sea mayor seré maestro, pensaba entonces, y llevaré siempre las manos manchadas de tiza.
Un día el médico ya no vino más y yo pensé que me había curado del todo. Anduve toda la mañana asomado a la ventana. La primavera estaba comenzando a hacerse presente en los árboles del parque, salpicándolos de tímidos tonos verdes. Alguien trajo flores y las colocó sobre mi cama. La primavera en mi dormitorio. Me pareció un bonito detalle.
Sin embargo, me resultó muy extraño ver entrar a mi madre, aún más pequeña y arrugada, vestida de negro riguroso y llorando desconsolada mientras mi padre y la tía Eugenia la sujetaban por las axilas. Entonces me vi a mí mismo tumbado sobre la cama y comprendí que nunca sería médico, ni maestro, ni volvería a jugar con mis compañeros del colegio.
Aún así, nunca he renunciado a mi ventana. Soy yo quien mueve los visillos y mancha los cristales con mis pequeños dedos helados.

miércoles, abril 23, 2008

Muda Soledad


MUDA SOLEDAD

El día que el cuco dejó de cantar, el termómetro del patio marcaba siete grados bajo cero; pero no fue el intenso frío el causante de que el pequeño pájaro se quedase quieto, cobijado en su rinconcito dentro del reloj, sino una honda pena por un corazón que acababa de dejar de latir.
Eran las siete en punto de una oscura mañana de diciembre, y el hielo cubría con una finísima capa el asfalto quebrado de la calle, las hojas de la hiedra, la tierra dormida del huerto y los cristales de las ventanas. En el contenedor de la esquina, un gato famélico hurgaba entre las bolsas rotas, también escarchadas y húmedas. Eran las siete de la mañana y el pueblo dormía. Mariano se solía levantar a las siete de la mañana todos los días del año, también los más fríos como aquel, aunque todavía no hubiese amanecido y las calles todavía estuviesen vestidas de oscuridad. Tenía una buena provisión de leña en la cámara, y lo primero que hacía al levantarse era encender lumbre en la estufa del comedor.
Después solía tomar algo ligero para desayunar, una naranja o clementinas, una manzana o un puñado de higos secos con nueces, todo regado con un sorbo de mistela para ayudar al cuerpo a entrar en calor; pero no aquel día cuando al marcar el reloj las siete en punto, el cuco no se asomó para cantar, y Mariano ni siquiera se movió debajo de las mantas de lana.
Seguía inmóvil a las ocho y media cuando su vecina Amelia salió a la puerta para barrer los adoquines de la puerta de su casa. Entre escobazo y escobazo alzó la mirada hacia la vieja chimenea, y no vio la columna agrisada de humo que escupía cada mañana a esas horas. Dudó un instante, y tal vez el frío le hizo volver a su tarea y pensar que probablemente el abuelo Mariano se habría quedado dormido al calor de su vieja cama.
A las diez y media unos tenues rayos de sol empezaron a posarse sobre los cristales de las ventanas, tímidamente, sin atreverse siquiera a calentar, y algún vecino se echó a la calle a saludar el día, a recorrer las cuestas empinadas del pueblo. Media hora después Santos, el panadero aparcaba su furgoneta delante de la puerta de Mariano y golpeaba la aldaba como todos los días. No había timbre, como en la mayoría de las casas del barrio del Santo Cristo, donde las casas eran de una sola planta y bastante viejas, con puertas macizas de madera, goznes de hierro y pequeñas ventanas adornadas con visillos blancos. Las viviendas se mezclaban con las cuadras, y al pasear por las torcidas calles empinadas se mezclaban balidos y cacareos con el gemido de los coches y las motos. Nadie le abrió, así que tal y como había hecho en otras ocasiones dejó la bolsa colgada de la aldaba para continuar su camino diario.
Y así siguió desgranándose el día sin que nadie reparase en su ausencia, ni se extrañase de no verlo pasear por la vega del río, ni oirlo canturrear mientras ponía a hervir unas judías.
Vivía solo en aquella fría casa desde que murió su mujer diez años antes. No tuvieron hijos, y sus sobrinos vivían fuera y apenas iban a visitarlo, pero Mariano siempre tuvo una sonrisa amable para ellos si los veía en las fiestas o recibía un tarjeta en Navidad. Cuando su mujer se fue, la casa se le llenó de ecos, de habitaciones vacías cubiertas de polvo, y las horas huecas se hacían cada vez más y más largas. El huerto, los paseos y el televisor intentaban llenarlas día tras día, pero en ocasiones los recuerdos regresaban traidores a su mente y empañaban sus ojos silenciosamente; pero siempre a solas, jamás un suspiro ahogado, ni una lágrima furtiva ni un gesto, delataban su tristeza cuando estaba con sus amigos. Mariano era un hombre afable, una buena persona, siempre dispuesto con su mejor sonrisa en los labios para todo el que se cruzara en su camino. Todo el mundo hablaba bien del abuelo Mariano, y nunca nadie logró vislumbrar en su mirada el brote de amargura de quien se siente solo en lo más profundo de su alma.

Mejor así: nunca habría permitido ni un gesto de pena hacia su persona. La gente ya tiene suficientes problemas como para amargarles la existencia con los propios, solía pensar en voz alta cuando andurreaba por su casa.
No tenía teléfono. ¿para qué? si no espero que nadie me llame. Quien quiera hablar conmigo sabe donde encontrarme. Y era cierto, porque era un hombre de costumbres y rutinas, y era fácil de saber en cada momento del día donde se encontraba. Salvo aquel mañana, que faltó en las calles, en el huerto, en el supermercado, pero nadie le echó de menos, ni le buscó, ni se inquietaron sus vecinos de que no encendiese su estufa en todo el día a pesar de que el termómetro hablaba claramente de invierno.
No fue hasta las cinco de la tarde que se le mencionó en los locales del hogar del jubilado. Todas las tardes, después del telediario se reunía con sus quintos Matías, Andrés y quien se quisiera apuntar para jugarse un chato de vino al tute, y recordar los tiempos en los que corrían niños por las calles después de misa, y la gente joven no emigraba porque tenían un porvenir trabajando el esparto. Recordaban los paseos con la novia calle arriba y calle abajo, con la madre de ella sin perdeles de vista, y abrasándose por dentro si llegaban a cruzarse las miradas. Añoraban sus tiempos sin envidiar a los jóvenes de ahora, que lo tenían todo y no sabían saborearlo. Repasaban la vida del pueblo, con la autoridad de quien ha vivido, y en resumen bebían y reían, jugaban a enfadarse y al final quien quiera que perdiera, lo correcto era que protestara y lanzara las monedas con desaire para pagar el vino del resto de compañeros.
- Es raro que no haya venido ya Mariano -estaba diciendo Matías mientras colocaba su silla de espaldas a la ventana.
- Seguramente, con el día que hace habrá pensado que está mejor en su casa. -Apuntó Andrés mezclando con soltura la baraja.
- La verdad es que es lo que más apetece. -apostilló Damián mientras se unía a ellos.
- ¿Te apuntas esta tarde, Pablo, o estás harto de que te demos siempre un repaso? –añadió Andrés sin soltar el cigarro semiapagado que él mismo liaba, y que siempre llebaba enganchado entre los labios. Sin duda ninguno de ellos se imaginaba que ya no volverían a encontrarse con su amigo ni pasar la tarde detrás de un vaso de vino y un abanico de cartas.
Luego cayó la noche, y cada cual buscó su casa para resguardarse mientras el sol se iba ocultando detrás de las montañas. Las calles se fueron apagando a medida que se iban encendiendo las farolas, y a las siete el pueblo era un desierto y dormitaba. En cada casa un televisor encendido ofrecía la casi exclusiva oferta lúdica en un pueblo anclado en el tedio y el hastío.
La noche fue oscura, aunque no tan fría como había sido la anterior, y la madrugada arrancó del cielo un puñado de copos de nieve que bailaron un instante en el aire antes de derretirse en el suelo. Soplaba el viento, casi rugía, y formaba remolinos en los callejones más estrechos del pueblo. Golpeó las ventanas, removió las copas de los árboles y enredó las hojas de la hiedra.
Eran las cinco y media cuando Santos cruzaba la calle, encogido, camino del horno para cocer el pan. Tenía el bigote blanco por la fina nieve, la nariz colorada y el cabello húmedo. De pronto, un golpe de viento sobre la cara le obligó a detenerse, justo enfrente de la casa de Mariano.
Entonces la vio, allí colgada de la aldaba, tal y como la había colocado aquella misma mañana, mojada, metida en la misma bolsa de su panadería y con el pico blanco, como la cumbre de una montaña. Allí estaba su barra de pan, como un péndulo de fatal agüero, y su visión le provocó una profunda angustia y un enorme frío en la sangre por lo que presagiaba.
Una hora más tarde, el dormitorio del abuelo Mariano se llenó de vecinos que ataban cabos demasiado tarde: la guardia civil, el médico que confirmaba su muerte, el cura que acudió a administrarle la extremaunción de manera póstuma, sus compañeros de mus, la Amelia...
En ese momento Santos, de pie bajo el umbral de la puerta, comprendió la tristeza de un hombre que muere solo. Recordó los ojos apagados del abuelo cuando su sonrisa negaba lo que su corazón sentía, y a modo de homenaje, agazapado en un rincón de la casa, alzó sus manos al rostro y dejó caer una lágrima.
Hoy ha pasado el tiempo desde aquella madrugada. Ya se apagaron los ecos de las campanas que doblaron aquejadas con especial dolor. Marcharon los sobrinos, que acudieron de todas partes para repartirse hasta el polvo de los muebles. Vendieron la casa, y con ella el reloj de cuco que ni siquiera cantaba. La compró un profesor de música de Granada como lugar de retiro para pasar sus vacaciones. Hoy la cámara es un estudio, el huerto está abandonado, y en el comedor un enorme piano de cola ocupa el lugar donde antes reinaba la estufa de leña. En cuanto al reloj, en un principio intentó repararlo, pero tras recorrer los mejores talleres de artesanos relojeros sin éxito, decidió deshacerse de él.
Lo encontró Santos una mañana sobre un contenedor, y apenas lo reconoció decidió llevárselo a su casa sin dudarlo ni un instante. Sabía que nunca volvería a cantar, porque en su silencio latía un recuerdo: el de un hombre que vivió rodeado de personas y murió en soledad, sin molestar a nadie y sin hacer ruido. Y aquello Santos supo comprenderlo: sabía lo que era.

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