viernes, abril 25, 2008

La Ventana


LA VENTANA



Ni siquiera sabía pronunciar el nombre de mi enfermedad, pero intuía el poder de esa palabra, mucho más intenso que el pálido de mi piel y que el rojo de la sangre que escupía al toser. La primera vez que la oí nombrar fue de los labios del médico, a los pies de mi cama. Recuerdo el gesto de mi padre al escucharlo, las lágrimas de mi madre, a mi tía Eugenia sacando a mi hermana pequeña del dormitorio… A partir de entonces mi vida se iba a ver reducida a aquellas cuatro paredes.
Al menos tenía mi ventana. Aquella ventana con sus visillos lánguidos que retrataba el único ángulo soleado de un parque más bien pequeño. Ése fue durante meses mi único contacto con el mundo exterior. Desde allí veía a los niños jugando a la salida del colegio. Reían, gritaban, corrían, saltaban… alargaban las breves tardes revolviendo la hojarasca o escondiéndose entre los árboles desnudos. No hacía tanto tiempo que yo mismo había compartido juegos con ellos, y sin embargo me parecían extremadamente lejanos desde detrás del cristal. Como si perteneciesen a un universo diferente.
Eran contadas las visitas que recibía al cabo del día. El primero, puntualmente cada mañana, era el médico. Entraba siempre acompañado de mi madre, a la que veía cada vez más pequeña y más arrugada conforme pasaban los días. Era una visita silenciosa en la que se limitaba a auscultarme, tomarme la temperatura y preguntarle a mi madre cómo había pasado el día anterior. Nunca se dirigía directamente a mí, y sin embargo yo tenía la sensación de que de alguna manera me protegía. Cuando sea mayor, seré médico, pensaba en cuanto salía por la puerta de mi cuarto.
Al caer la tarde, justo cuando los chavales ya comenzaban a dirigirse a sus casas y la escasez de luz me dificultaba disfrutar del parque desde la ventana, era cuando llegaba el maestro. Entraba siempre con una sonrisa en los labios, a pesar de que se le notaba el cansancio en el rostro y en el pelo canoso. Él nunca supo cuanto me alegraba su presencia, aunque el polvo de la tiza en su traje oscuro y entre sus dedos me hacía recordar el aula, el verde de las pizarras y el griterío de los compañeros. Sin ellos las matemáticas eran mucho más áridas si cabía. Cuando sea mayor seré maestro, pensaba entonces, y llevaré siempre las manos manchadas de tiza.
Un día el médico ya no vino más y yo pensé que me había curado del todo. Anduve toda la mañana asomado a la ventana. La primavera estaba comenzando a hacerse presente en los árboles del parque, salpicándolos de tímidos tonos verdes. Alguien trajo flores y las colocó sobre mi cama. La primavera en mi dormitorio. Me pareció un bonito detalle.
Sin embargo, me resultó muy extraño ver entrar a mi madre, aún más pequeña y arrugada, vestida de negro riguroso y llorando desconsolada mientras mi padre y la tía Eugenia la sujetaban por las axilas. Entonces me vi a mí mismo tumbado sobre la cama y comprendí que nunca sería médico, ni maestro, ni volvería a jugar con mis compañeros del colegio.
Aún así, nunca he renunciado a mi ventana. Soy yo quien mueve los visillos y mancha los cristales con mis pequeños dedos helados.

miércoles, abril 23, 2008

Muda Soledad


MUDA SOLEDAD

El día que el cuco dejó de cantar, el termómetro del patio marcaba siete grados bajo cero; pero no fue el intenso frío el causante de que el pequeño pájaro se quedase quieto, cobijado en su rinconcito dentro del reloj, sino una honda pena por un corazón que acababa de dejar de latir.
Eran las siete en punto de una oscura mañana de diciembre, y el hielo cubría con una finísima capa el asfalto quebrado de la calle, las hojas de la hiedra, la tierra dormida del huerto y los cristales de las ventanas. En el contenedor de la esquina, un gato famélico hurgaba entre las bolsas rotas, también escarchadas y húmedas. Eran las siete de la mañana y el pueblo dormía. Mariano se solía levantar a las siete de la mañana todos los días del año, también los más fríos como aquel, aunque todavía no hubiese amanecido y las calles todavía estuviesen vestidas de oscuridad. Tenía una buena provisión de leña en la cámara, y lo primero que hacía al levantarse era encender lumbre en la estufa del comedor.
Después solía tomar algo ligero para desayunar, una naranja o clementinas, una manzana o un puñado de higos secos con nueces, todo regado con un sorbo de mistela para ayudar al cuerpo a entrar en calor; pero no aquel día cuando al marcar el reloj las siete en punto, el cuco no se asomó para cantar, y Mariano ni siquiera se movió debajo de las mantas de lana.
Seguía inmóvil a las ocho y media cuando su vecina Amelia salió a la puerta para barrer los adoquines de la puerta de su casa. Entre escobazo y escobazo alzó la mirada hacia la vieja chimenea, y no vio la columna agrisada de humo que escupía cada mañana a esas horas. Dudó un instante, y tal vez el frío le hizo volver a su tarea y pensar que probablemente el abuelo Mariano se habría quedado dormido al calor de su vieja cama.
A las diez y media unos tenues rayos de sol empezaron a posarse sobre los cristales de las ventanas, tímidamente, sin atreverse siquiera a calentar, y algún vecino se echó a la calle a saludar el día, a recorrer las cuestas empinadas del pueblo. Media hora después Santos, el panadero aparcaba su furgoneta delante de la puerta de Mariano y golpeaba la aldaba como todos los días. No había timbre, como en la mayoría de las casas del barrio del Santo Cristo, donde las casas eran de una sola planta y bastante viejas, con puertas macizas de madera, goznes de hierro y pequeñas ventanas adornadas con visillos blancos. Las viviendas se mezclaban con las cuadras, y al pasear por las torcidas calles empinadas se mezclaban balidos y cacareos con el gemido de los coches y las motos. Nadie le abrió, así que tal y como había hecho en otras ocasiones dejó la bolsa colgada de la aldaba para continuar su camino diario.
Y así siguió desgranándose el día sin que nadie reparase en su ausencia, ni se extrañase de no verlo pasear por la vega del río, ni oirlo canturrear mientras ponía a hervir unas judías.
Vivía solo en aquella fría casa desde que murió su mujer diez años antes. No tuvieron hijos, y sus sobrinos vivían fuera y apenas iban a visitarlo, pero Mariano siempre tuvo una sonrisa amable para ellos si los veía en las fiestas o recibía un tarjeta en Navidad. Cuando su mujer se fue, la casa se le llenó de ecos, de habitaciones vacías cubiertas de polvo, y las horas huecas se hacían cada vez más y más largas. El huerto, los paseos y el televisor intentaban llenarlas día tras día, pero en ocasiones los recuerdos regresaban traidores a su mente y empañaban sus ojos silenciosamente; pero siempre a solas, jamás un suspiro ahogado, ni una lágrima furtiva ni un gesto, delataban su tristeza cuando estaba con sus amigos. Mariano era un hombre afable, una buena persona, siempre dispuesto con su mejor sonrisa en los labios para todo el que se cruzara en su camino. Todo el mundo hablaba bien del abuelo Mariano, y nunca nadie logró vislumbrar en su mirada el brote de amargura de quien se siente solo en lo más profundo de su alma.

Mejor así: nunca habría permitido ni un gesto de pena hacia su persona. La gente ya tiene suficientes problemas como para amargarles la existencia con los propios, solía pensar en voz alta cuando andurreaba por su casa.
No tenía teléfono. ¿para qué? si no espero que nadie me llame. Quien quiera hablar conmigo sabe donde encontrarme. Y era cierto, porque era un hombre de costumbres y rutinas, y era fácil de saber en cada momento del día donde se encontraba. Salvo aquel mañana, que faltó en las calles, en el huerto, en el supermercado, pero nadie le echó de menos, ni le buscó, ni se inquietaron sus vecinos de que no encendiese su estufa en todo el día a pesar de que el termómetro hablaba claramente de invierno.
No fue hasta las cinco de la tarde que se le mencionó en los locales del hogar del jubilado. Todas las tardes, después del telediario se reunía con sus quintos Matías, Andrés y quien se quisiera apuntar para jugarse un chato de vino al tute, y recordar los tiempos en los que corrían niños por las calles después de misa, y la gente joven no emigraba porque tenían un porvenir trabajando el esparto. Recordaban los paseos con la novia calle arriba y calle abajo, con la madre de ella sin perdeles de vista, y abrasándose por dentro si llegaban a cruzarse las miradas. Añoraban sus tiempos sin envidiar a los jóvenes de ahora, que lo tenían todo y no sabían saborearlo. Repasaban la vida del pueblo, con la autoridad de quien ha vivido, y en resumen bebían y reían, jugaban a enfadarse y al final quien quiera que perdiera, lo correcto era que protestara y lanzara las monedas con desaire para pagar el vino del resto de compañeros.
- Es raro que no haya venido ya Mariano -estaba diciendo Matías mientras colocaba su silla de espaldas a la ventana.
- Seguramente, con el día que hace habrá pensado que está mejor en su casa. -Apuntó Andrés mezclando con soltura la baraja.
- La verdad es que es lo que más apetece. -apostilló Damián mientras se unía a ellos.
- ¿Te apuntas esta tarde, Pablo, o estás harto de que te demos siempre un repaso? –añadió Andrés sin soltar el cigarro semiapagado que él mismo liaba, y que siempre llebaba enganchado entre los labios. Sin duda ninguno de ellos se imaginaba que ya no volverían a encontrarse con su amigo ni pasar la tarde detrás de un vaso de vino y un abanico de cartas.
Luego cayó la noche, y cada cual buscó su casa para resguardarse mientras el sol se iba ocultando detrás de las montañas. Las calles se fueron apagando a medida que se iban encendiendo las farolas, y a las siete el pueblo era un desierto y dormitaba. En cada casa un televisor encendido ofrecía la casi exclusiva oferta lúdica en un pueblo anclado en el tedio y el hastío.
La noche fue oscura, aunque no tan fría como había sido la anterior, y la madrugada arrancó del cielo un puñado de copos de nieve que bailaron un instante en el aire antes de derretirse en el suelo. Soplaba el viento, casi rugía, y formaba remolinos en los callejones más estrechos del pueblo. Golpeó las ventanas, removió las copas de los árboles y enredó las hojas de la hiedra.
Eran las cinco y media cuando Santos cruzaba la calle, encogido, camino del horno para cocer el pan. Tenía el bigote blanco por la fina nieve, la nariz colorada y el cabello húmedo. De pronto, un golpe de viento sobre la cara le obligó a detenerse, justo enfrente de la casa de Mariano.
Entonces la vio, allí colgada de la aldaba, tal y como la había colocado aquella misma mañana, mojada, metida en la misma bolsa de su panadería y con el pico blanco, como la cumbre de una montaña. Allí estaba su barra de pan, como un péndulo de fatal agüero, y su visión le provocó una profunda angustia y un enorme frío en la sangre por lo que presagiaba.
Una hora más tarde, el dormitorio del abuelo Mariano se llenó de vecinos que ataban cabos demasiado tarde: la guardia civil, el médico que confirmaba su muerte, el cura que acudió a administrarle la extremaunción de manera póstuma, sus compañeros de mus, la Amelia...
En ese momento Santos, de pie bajo el umbral de la puerta, comprendió la tristeza de un hombre que muere solo. Recordó los ojos apagados del abuelo cuando su sonrisa negaba lo que su corazón sentía, y a modo de homenaje, agazapado en un rincón de la casa, alzó sus manos al rostro y dejó caer una lágrima.
Hoy ha pasado el tiempo desde aquella madrugada. Ya se apagaron los ecos de las campanas que doblaron aquejadas con especial dolor. Marcharon los sobrinos, que acudieron de todas partes para repartirse hasta el polvo de los muebles. Vendieron la casa, y con ella el reloj de cuco que ni siquiera cantaba. La compró un profesor de música de Granada como lugar de retiro para pasar sus vacaciones. Hoy la cámara es un estudio, el huerto está abandonado, y en el comedor un enorme piano de cola ocupa el lugar donde antes reinaba la estufa de leña. En cuanto al reloj, en un principio intentó repararlo, pero tras recorrer los mejores talleres de artesanos relojeros sin éxito, decidió deshacerse de él.
Lo encontró Santos una mañana sobre un contenedor, y apenas lo reconoció decidió llevárselo a su casa sin dudarlo ni un instante. Sabía que nunca volvería a cantar, porque en su silencio latía un recuerdo: el de un hombre que vivió rodeado de personas y murió en soledad, sin molestar a nadie y sin hacer ruido. Y aquello Santos supo comprenderlo: sabía lo que era.

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