miércoles, mayo 28, 2008

Todo está bien así

TODO ESTÁ BIEN ASÍ

(Segundo premio Certámen de Relato Ciudad de Chinchilla 2008)

A Enma le gustaba el orden y la rutina le daba seguridad en sí misma, por eso cada día era para ella un ritual de costumbres. Tenía un sitio para cada cosa y un momento para cada pensamiento. Su vida estaba planificada al milímetro, de manera que todo fluyese sin el más mínimo sobresalto.
Aquel día, como tantos otros, mientras conducía de regreso a casa ponía en orden sus pensamientos. Solía aprovechar esos treinta minutos de soledad para hacer la transición del despacho a la familia, guardar las preocupaciones en la guantera del coche y recoger el hilo de su vida personal tal y como lo había dejado por la mañana. Cuando llegó a casa, como de costumbre, comió sola el guiso recalentado que había preparado la noche anterior, recogió la cocina mecánicamente, encendió una vela con olor a manzana, y se sentó un instante delante del televisor.
A las cinco en punto pasó por la escuela para recoger a Iván. Nada más verla, desde la fila que formaban junto a la puerta, el niño le envió una sonrisa llena de energía contenida. Enma se deleitó en los enormes ojos castaños que ya se acercaban al trote alborotando la tarde adormilada.
—Se me ha caído el diente —silbó mientras se señalaba la encía con el dedo índice.
—¡Vaya! esta noche vendrá el Ratoncito Pérez.
Mariano, por el contrario, era el punto imprevisible de la casa. Trabajaba hasta las ocho, aunque tenía por costumbre quedarse después del trabajo con algún compañero para tomar unas copas. Cuando no había fútbol, había algo que celebrar. Enma se había acostumbrado a no esperarlo hasta después de las once.
A las nueve acostó al niño, recostada sobre el nido le leyó un cuento, y cuando se quedó dormido aprovechó el beso para dejarle un billete de cinco euros debajo de la almohada.
—¿Ha llegado ya papá? —preguntó como cada noche entre sueños.
—Todavía no.
—Pues que no se le olvide darme un beso cunado llegue.

Esperaba a Mariano sentada en un sillón, con un libro entre las manos y un CD a media voz sonando en el equipo de música. A veces, conforme iban avanzando las horas, la lectura se veía interrumpida por miradas intermitentes al reloj de pared, y cuanto más corrían las agujas y comenzaban a repetirse las canciones del disco, las líneas del libro se volvían más densas, hasta que los párrafos se negaban a continuar con la historia. Aquella noche, la novela se quedó atascada en un párrafo infinito que daba vueltas sobre sí mismo en mitad de la página 247.
Era ya la una y media cuando Enma marcaba por tercera vez el teléfono de Mariano, y por tercera vez volvió a chocar con aquella voz sin espíritu que le repetía que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.
En algún momento se quedó dormida en el sillón. Cuando se despertó, sacudida por un horrible dolor en las cervicales, el reloj marcaba ya las cinco y cuarto. Se levantó con torpeza y se dirigió al dormitorio maquinalmente. Al meterse en la cama de matrimonio naufragó en aquel espacio tan inmenso. Sólo entonces fue consciente de lo que ocurría. Era la primera vez que dormía sola en aquella cama.
Se despertó un segundo antes de que sonara el despertador, y fue tan grande el desamparo que sintió, al verse sola en el dormitorio, que optó por seguir durmiendo e ignorar las últimas horas, como si todo hubiese sido un mal sueño que tarde o temprano comenzaría a desvanecerse. No quería hacerse preguntas, no tenía curiosidad por saber qué podía haber ocurrido; parecía como sin en el fondo, no estuviese preocupada por su marido, como si supiese que no le había ocurrido nada. Era su soledad y la incertidumbre lo que la asustaba. Pensó, que si no se levantaba de la cama, no tendría que enfrentar aquella situación insólita, tan sólo tendría que dejar pasar las horas y dejar que el orden se restableciese por sí solo.
Cuando Iván llegó al dormitorio, Enma dormía con la cabeza bajo la almohada. El niño se metió entre las sábanas y la sacudió con fuerza. Mamá, ¡Mamá! ¿dónde está papá?. Era la vida quien la sacudía para decirle que debía continuar y hacer frente a aquel día, trajese lo que trajese escondido.
—Mamá ¿estás despierta?.
—Papá se ha tenido que ir de viaje —alcanzó a mentir intentando que la voz no se le quebrase demasiado.
—¿Sabes mamá? ha venido el Ratoncito Pérez —Enma contestó con un beso.
Se sentía confusa. De repente, su pequeño universo perfectamente ordenado se desmoronaba. Pero… ¿qué había ocurrido?
Por primera vez en diez años llamó a la oficina para decir que se sentía indispuesta y que no acudiría a trabajar. Tenía demasiadas dudas, pero parecía tener muy claro que aquella mañana no podía acudir al despacho. Al menos no hasta que lograra establecer de nuevo el orden dentro de su vida. Vistió a Iván, desayunaron juntos y se dispuso a llevarlo al colegio. Normalmente era Mariano quien se encargaba de eso, pero al niño no pareció importarle demasiado el cambio. Ni siquiera volvió a preguntar por él durante el trayecto.
Después de dejar al niño en la puerta de la escuela dedicó unos minutos a pensar en el siguiente paso que daría. El teléfono de Mariano seguía desconectado, así que no le quedaba otra opción que buscarlo físicamente. El primer sitio donde iría sería la oficina donde trabajaba su marido, tal vez allí le dieran alguna clave sobre su paradero.
Estuvo más de media hora en la puerta, sopesando la vergüenza de contar lo ocurrido con la urgencia de saber algo sobre su esposo. Algo le decía que aquella búsqueda era inútil, que Mariano se había ido por su propia voluntad. Lo cierto, aunque sólo ahora era capaz de verlo claramente, es que en los últimos meses su relación se había ido enfriando progresivamente. Esos silencios a los que no había sabido darles importancia, ahora se hacían realmente evidentes. Pero… ¿y si realmente le había ocurrido algo? Por un instante se decidió y empujó la puerta de la oficina. Acto seguido se arrepintió, pero ya era demasiado tarde. Ya estaba dentro, y Carolina, una de las empleadas se acercaba para saludarla efusivamente.
—Enma, ¡que sorpresa! ¿qué te trae por aquí? ¿qué tal Mariano? Ayer empezaba en su nuevo trabajo… Estará contento ¿no?
—Sí, es exactamente el cambio que necesitábamos todos —improvisó.
De repente, en mitad del absurdo, las piezas iban encajando. Tal y como había imaginado la desaparición de sus marido no había sido algo fortuito, sino que estaba perfectamente premeditada. Y ni siquiera había tenido el valor suficiente para plantear el problema. Se había marchado sin más, sin despedirse de su hijo, sin una explicación, ni un a advertencia, por la puerta falsa, de la manera más egoísta que cabía imaginar. Y allí estaba ella, como un idiota, buscándole, preocupándose, esperándole. Se sintió estúpida. No humillada ni dolida; simplemente estúpida. Por eso, en aquel instante decidió que no quería saber más detalles. No le buscaría, ni siquiera le guardaría rencor, ni pensaría en qué había salido mal. Simplemente, pensó, pasaría página y seguiría adelante.

Tres meses necesitó para olvidar completamente, para ajustar su vida de nuevo. Dejó todo aquello que le recordase a su marido en manos de un abogado, y se dedicó por entero a ignorar su existencia. Tres meses necesitó Iván para dejar de preguntar por él cada noche. Es curiosa la capacidad de olvido que posee un niño a los cinco años. Tres meses sin esperar a nadie por las noches, leyendo plácidamente hasta caer dormida. Pero nada es eterno, y detrás de un momento de paz, siempre espera una sorpresa, de manera que una noche, mientras bañaba al niño sonó el teléfono y toda la armonía se quebró en un segundo.
—Enma, soy Mariano. Os echo de menos, y me gustaría volver a casa —Así, con la misma sangre fría con la que se fue, ahora quería borrarlo todo y regresar a casa. —Tenemos que hablar, Enma. Me he dado cuenta de que he hecho una tontería, pero creo que aún podemos arreglarlo.
—Creo que no hay nada que hablar. Todo está bien así.
—Déjame que os vea. Os lo explicaré todo…

Cuando Mariano entró al bar donde había quedado con Enma todavía faltaban diez minutos para la hora marcada. Se sentó en una mesa en un rincón, junto a los aseos, tal y como había acordado por teléfono, y se dedicó a esperar mirando por la ventana. No estaba seguro de qué diría, pero Enma lo comprendería todo… No podía tirar por la ventana tantos años. Y además estaba Iván. Necesitaba verle. Seguro que él también le había echado de menos.
Conforme fueron pasando las horas, comenzó a sudar visiblemente. No se había planteado la posibilidad de que ella se echase atrás en el último momento. A lo mejor se había olvidado… El teléfono estaba desconectado. Y si le hubiese pasado algo…
Una hora después se dirigió a su casa en busca de respuestas. La sangre se le heló cuando vio aquel camión de mudanza y el cartel fluorescente de una inmobiliaria que, colgado en la ventana gritaba SE ALQUILA. Volvió sobre sus pasos aturdido. Aquello no entraba dentro de sus cálculos. No, eso no podía estar pasando, seguro que todo tenía una explicación racional. A lo mejor Enma acababa yendo al bar y se lo explicaba todo. Volvió a sentarse en la misma mesa, junto al rincón, pidió una copa al camarero y éste se la sirvió acompañada del periódico del día. Comenzó a hojearlo más por desesperación que por curiosidad. Las manos pasaban las hojas rápidamente, entreteniéndose apenas en los grandes titulares. Entonces lo vio. Ocupaba media página, y las letras parecían tener relieve para que saltasen a sus ojos.

Ha fallecido a los cuarenta y dos años de edad
MARIANO PÉREZ ROBLEDO
El entierro se celebrará en la intimidad por expreso deseo de los familiares. Su viuda y su hijo ruegan una oración por su alma. Descanse en paz.

sábado, mayo 24, 2008

Thalía (Relato desde tres puntos de vista)

THALÍA



PRUEBA NÚMERO UNO


EXTRACTO DEL DIARIO EN CUYA PORTADA APARECE EL NOMBRE DE THALÍA.

25 de abril, once de la mañana


Sé que vendrá esta noche. Lo espero. Sé que querrá matarme, ya lo ha intentado otras veces.
La última vez me salvó Doña Elvira, la vecina. ¡Qué suerte que se presentara justo a tiempo! A veces conviene tener una vecina de las que se entrometen en tu vida. Es un poco cotilla, pero hay que comprenderla. La pobre se aburre. La televisión es su única compañía, y a veces cansa. Además, como se pasa el día viendo programas de sucesos, parece como si hubiese desarrollado un instinto sobrenatural para presentir estas cosas.
El caso es que llegó en mitad de la pelea. Yo ya sabía, desde el primer grito, que aquello iba a terminar mal. Y así habría sido si Doña Elvira no se hubiese puesto a golpear la puerta y a amenazar con llamar a la policía. Eso fue lo que me salvó. Marcelo teme a la policía. Desde que estuvo en la cárcel por ese lío con la cocaína, no puede ni ver a alguien vestido con el uniforme azul. Es enfermizo.
Lo pasó mal en la cárcel. ¡Pobre! Y lo más triste es que él realmente no tenía nada que ver con aquel follón. Él no era más que un triste camello, el último eslabón de algo mucho más grande, que como siempre siguió quedando enterrado. Cuando la policía entró en el piso, él estaba allí de pura casualidad. Él fue el primer sorprendido cuando encontraron todos esos kilos de polvo.
El mismo día que salió vino a buscarme. Yo lo esperaba ilusionada, pero enseguida me di cuenta de que había cambiado en el tiempo que estuvo encerrado. Era mucho más violento. Estaba resentido con todo el mundo. Y lo peor es que, por algún extraño motivo, pagaba su enfado conmigo, con la más débil, con la única que le ha escuchado siempre.
Me culpa de todo lo que le ocurre. De que su padre le golpeara una y mil veces cuando era niño, que lo echara de casa cuando le dijo que era maricón, me culpa de la vida que lleva, de antro en antro. Dice que yo le ofrecí su primera raya, y la segunda, y que poco a poco lo llevé de la mano hasta la vida de mierda que lleva. Ya me gustaría a mí tener una vida ordenada, trabajar en una oficina, y dormir de noche como todo el mundo. Pero a los transexuales no nos contratan así como así. Además, lo mío es el espectáculo.


PRUEBA NÚMERO DOS


DECLARACIÓN DE DOÑA ELVIRA GARCÍA, VECINA DE LA VÍCTIMA.


¡Ay Dios mío! Si esto lo veía yo venir, señor comisario. Verá, yo vivo en este edificio desde hace más de treinta años, y aquí hemos tenido gente de toda, prostitutas también, pero eran discretas las chicas. Pero hijo, desde que vino ésta, ya sabía yo que íbamos a tener problemas.
Bueno, me imagino que ya sabrá usted que no era una mujer. Ella, bueno él, o sea, usted me entiende, decía que se llamaba Thalía, pero yo me figuro que ese nombre era inventado, un nombre artístico o algo así, porque ese nombre no lo he encontrao yo en el santoral.
El caso es que, hombre o mujer, en este piso siempre había bronca. Yo creo que llevaba mala vida, porque salía siempre de noche, a eso de las diez, muy bien compuesta y con mucho perfume, y volvía ya de día, y casi siempre acompañada de otros hombres, que no es que a mí me importe, ya ve usted. Cada uno que haga lo que quiera. Y si era puta, bueno, prostituta, pues bueno, eso es cosa de cada uno, pero claro, si empiezan a montar líos y eso, por ahí sí que no paso.
En fin, que como le decía, en este piso, raro el día que no había broncas. Hace una semana, sin ir más lejos, escuché voces. Se la oía gritar a ella, pero mucho más a otro hombre. No sé decirle bien quién era, porque ni lo oí llegar. A lo mejor era su hermano. Ella me contó una vez que tenía un hermano, que había estado en la cárcel y que lo había pasao muy mal allí. Desde entonces, me dijo, se había vuelto un poco violento. No sé más. El caso es que el hermano, o quien fuera, gritaba que le había destrozado la vida, y que la iba a matar. Yo, claro, me asusté, y empecé a dar golpes en la puerta. Cuando dije que iba a llamar a la policía se callaron de repente.
Pero hoy, Dios mío, hoy es que no he oído nada hasta que era tarde. Mire usted, yo ya soy mayor, y no duermo bien, así que cuando me acuesto, me tomo unas pastillas que son mano de Santo. Así que si hubo discusión o no, eso no se lo puedo decir. Sólo sé que oí un disparo. Imagínese qué susto. Aún se me acelera el corazón de acordarme. Entonces les llamé a ustedes. Lo demás lo saben ustedes mejor que yo.


DIARIO DE THALÍA

25 de abril, siete de la tarde.

Ha estado aquí. Me ha dejado una nota sobre la cómoda de mi dormitorio. Tengo que matarte —dice— aunque me cueste a mí también la vida.
Sé que es capaz de hacerlo, y estoy asustada. Pero no me atrevo a ir a la policía. ¿Qué van a hacer? ¿Ponerme un escolta de día y de noche? Además, empezarían a hacer preguntas. No, esto me lo tengo que solucionar yo sola. Como todo en la vida.
Para empezar, esta noche no iré al local. Seguro que es allí donde me buscará primero. Además, esto es cosa mía, no voy a permitir que nadie se vea mezclado en esta basura. Hablaré con él e intentaré hacerle entrar en razón. Como siempre he hecho.


INFORME DEL COMISARIO DANIEL ESTÉVEZ SOBRE EL CASO DEL CADÁVER ENCONTRADO EN LA CALLE MIGUEL HERNÁNDEZ EL DÍA 26 DE ABRIL DE 2008

Alrededor de las cinco de la madrugada del día veintiséis de abril, se recibe en esta comisaría un aviso por parte de una vecina de la calle Miguel Hernández número ciento dos. La señora se identifica como Doña Elvira García, y asegura haber escuchado un ruido, como un disparo, procedente de la vivienda contigua a la suya.
A eso de las cinco y cuarto, yo mismo, junto con dos efectivos de este cuerpo, nos personamos en dicha vivienda, y tras llamar al timbre y no obtener respuesta, decidimos entrar en la casa. La vecina nos manifiesta que tiene una llave, así que ella misma nos facilita la entrada.
En el salón de la vivienda, junto a la ventana, encontramos un cuerpo sin vida, de apariencia femenina, en cuya frente presenta un disparo y un hilo de sangre que cae sobre la nariz. La mujer viste un camisón de raso de color negro. Junto a ella, a escasos centímetros de su mano derecha, aparece un revólver.
La habitación está completamente desordenada. Se recogen del suelo varios objetos para la investigación: restos de un jarrón de cerámica hecho añicos, un vaso de cristal y un trozo de alfombra sobre el que hay líquido derramado. En la mesa hay un plato con comida y una botella de güisqui. Sobre el mantel también hay una tarjeta de un hipermercado y restos de cocaína.
En el dormitorio encontramos, sobre la cama deshecha, un cuaderno en cuya portada se lee: DIARIO DE THALÍA, y sobre la cómoda, entre utensilios de maquillaje y perfumes, aparece una nota manuscrita. Observamos que la letra de ambos escritos es similar, y también las recogemos como prueba.
Tras analizar las huellas dactilares recogidas de la escena, sólo aparecen las de la víctima, que según los archivos de la policía se corresponden con el nombre de Marcelo Hernández López.
El informe de la autopsia revela que se trata de un suicidio.

jueves, mayo 01, 2008

Muy-micro-relatos

Hoy voy a dejar un par de cuentículos para lectores apresurados. A veces una sola frase puede desatar en nuestra imaginación toda una historia.





EL FINAL DE UN REINADO

Pero a la mañana siguiente, entre la resaca, la princesa descubrió que la vida continuaba más allá del cuento.








APOCALIPSIS

Y Dios dijo: Apáguese la luz, y el mundo desapareció.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Me visitan desde