sábado, mayo 24, 2008

Thalía (Relato desde tres puntos de vista)

THALÍA



PRUEBA NÚMERO UNO


EXTRACTO DEL DIARIO EN CUYA PORTADA APARECE EL NOMBRE DE THALÍA.

25 de abril, once de la mañana


Sé que vendrá esta noche. Lo espero. Sé que querrá matarme, ya lo ha intentado otras veces.
La última vez me salvó Doña Elvira, la vecina. ¡Qué suerte que se presentara justo a tiempo! A veces conviene tener una vecina de las que se entrometen en tu vida. Es un poco cotilla, pero hay que comprenderla. La pobre se aburre. La televisión es su única compañía, y a veces cansa. Además, como se pasa el día viendo programas de sucesos, parece como si hubiese desarrollado un instinto sobrenatural para presentir estas cosas.
El caso es que llegó en mitad de la pelea. Yo ya sabía, desde el primer grito, que aquello iba a terminar mal. Y así habría sido si Doña Elvira no se hubiese puesto a golpear la puerta y a amenazar con llamar a la policía. Eso fue lo que me salvó. Marcelo teme a la policía. Desde que estuvo en la cárcel por ese lío con la cocaína, no puede ni ver a alguien vestido con el uniforme azul. Es enfermizo.
Lo pasó mal en la cárcel. ¡Pobre! Y lo más triste es que él realmente no tenía nada que ver con aquel follón. Él no era más que un triste camello, el último eslabón de algo mucho más grande, que como siempre siguió quedando enterrado. Cuando la policía entró en el piso, él estaba allí de pura casualidad. Él fue el primer sorprendido cuando encontraron todos esos kilos de polvo.
El mismo día que salió vino a buscarme. Yo lo esperaba ilusionada, pero enseguida me di cuenta de que había cambiado en el tiempo que estuvo encerrado. Era mucho más violento. Estaba resentido con todo el mundo. Y lo peor es que, por algún extraño motivo, pagaba su enfado conmigo, con la más débil, con la única que le ha escuchado siempre.
Me culpa de todo lo que le ocurre. De que su padre le golpeara una y mil veces cuando era niño, que lo echara de casa cuando le dijo que era maricón, me culpa de la vida que lleva, de antro en antro. Dice que yo le ofrecí su primera raya, y la segunda, y que poco a poco lo llevé de la mano hasta la vida de mierda que lleva. Ya me gustaría a mí tener una vida ordenada, trabajar en una oficina, y dormir de noche como todo el mundo. Pero a los transexuales no nos contratan así como así. Además, lo mío es el espectáculo.


PRUEBA NÚMERO DOS


DECLARACIÓN DE DOÑA ELVIRA GARCÍA, VECINA DE LA VÍCTIMA.


¡Ay Dios mío! Si esto lo veía yo venir, señor comisario. Verá, yo vivo en este edificio desde hace más de treinta años, y aquí hemos tenido gente de toda, prostitutas también, pero eran discretas las chicas. Pero hijo, desde que vino ésta, ya sabía yo que íbamos a tener problemas.
Bueno, me imagino que ya sabrá usted que no era una mujer. Ella, bueno él, o sea, usted me entiende, decía que se llamaba Thalía, pero yo me figuro que ese nombre era inventado, un nombre artístico o algo así, porque ese nombre no lo he encontrao yo en el santoral.
El caso es que, hombre o mujer, en este piso siempre había bronca. Yo creo que llevaba mala vida, porque salía siempre de noche, a eso de las diez, muy bien compuesta y con mucho perfume, y volvía ya de día, y casi siempre acompañada de otros hombres, que no es que a mí me importe, ya ve usted. Cada uno que haga lo que quiera. Y si era puta, bueno, prostituta, pues bueno, eso es cosa de cada uno, pero claro, si empiezan a montar líos y eso, por ahí sí que no paso.
En fin, que como le decía, en este piso, raro el día que no había broncas. Hace una semana, sin ir más lejos, escuché voces. Se la oía gritar a ella, pero mucho más a otro hombre. No sé decirle bien quién era, porque ni lo oí llegar. A lo mejor era su hermano. Ella me contó una vez que tenía un hermano, que había estado en la cárcel y que lo había pasao muy mal allí. Desde entonces, me dijo, se había vuelto un poco violento. No sé más. El caso es que el hermano, o quien fuera, gritaba que le había destrozado la vida, y que la iba a matar. Yo, claro, me asusté, y empecé a dar golpes en la puerta. Cuando dije que iba a llamar a la policía se callaron de repente.
Pero hoy, Dios mío, hoy es que no he oído nada hasta que era tarde. Mire usted, yo ya soy mayor, y no duermo bien, así que cuando me acuesto, me tomo unas pastillas que son mano de Santo. Así que si hubo discusión o no, eso no se lo puedo decir. Sólo sé que oí un disparo. Imagínese qué susto. Aún se me acelera el corazón de acordarme. Entonces les llamé a ustedes. Lo demás lo saben ustedes mejor que yo.


DIARIO DE THALÍA

25 de abril, siete de la tarde.

Ha estado aquí. Me ha dejado una nota sobre la cómoda de mi dormitorio. Tengo que matarte —dice— aunque me cueste a mí también la vida.
Sé que es capaz de hacerlo, y estoy asustada. Pero no me atrevo a ir a la policía. ¿Qué van a hacer? ¿Ponerme un escolta de día y de noche? Además, empezarían a hacer preguntas. No, esto me lo tengo que solucionar yo sola. Como todo en la vida.
Para empezar, esta noche no iré al local. Seguro que es allí donde me buscará primero. Además, esto es cosa mía, no voy a permitir que nadie se vea mezclado en esta basura. Hablaré con él e intentaré hacerle entrar en razón. Como siempre he hecho.


INFORME DEL COMISARIO DANIEL ESTÉVEZ SOBRE EL CASO DEL CADÁVER ENCONTRADO EN LA CALLE MIGUEL HERNÁNDEZ EL DÍA 26 DE ABRIL DE 2008

Alrededor de las cinco de la madrugada del día veintiséis de abril, se recibe en esta comisaría un aviso por parte de una vecina de la calle Miguel Hernández número ciento dos. La señora se identifica como Doña Elvira García, y asegura haber escuchado un ruido, como un disparo, procedente de la vivienda contigua a la suya.
A eso de las cinco y cuarto, yo mismo, junto con dos efectivos de este cuerpo, nos personamos en dicha vivienda, y tras llamar al timbre y no obtener respuesta, decidimos entrar en la casa. La vecina nos manifiesta que tiene una llave, así que ella misma nos facilita la entrada.
En el salón de la vivienda, junto a la ventana, encontramos un cuerpo sin vida, de apariencia femenina, en cuya frente presenta un disparo y un hilo de sangre que cae sobre la nariz. La mujer viste un camisón de raso de color negro. Junto a ella, a escasos centímetros de su mano derecha, aparece un revólver.
La habitación está completamente desordenada. Se recogen del suelo varios objetos para la investigación: restos de un jarrón de cerámica hecho añicos, un vaso de cristal y un trozo de alfombra sobre el que hay líquido derramado. En la mesa hay un plato con comida y una botella de güisqui. Sobre el mantel también hay una tarjeta de un hipermercado y restos de cocaína.
En el dormitorio encontramos, sobre la cama deshecha, un cuaderno en cuya portada se lee: DIARIO DE THALÍA, y sobre la cómoda, entre utensilios de maquillaje y perfumes, aparece una nota manuscrita. Observamos que la letra de ambos escritos es similar, y también las recogemos como prueba.
Tras analizar las huellas dactilares recogidas de la escena, sólo aparecen las de la víctima, que según los archivos de la policía se corresponden con el nombre de Marcelo Hernández López.
El informe de la autopsia revela que se trata de un suicidio.

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