sábado, junio 28, 2008

El mendigo


El mendigo


Vive en la calle y hace tanto tiempo que nadie lo llama por su nombre que a veces él mismo piensa que ni siquiera existe. Suele sentarse en un banco del parque, siempre en el mismo, con la mirada perdida en el infinito. Lleva un sombrero gris muy raído, el mismo en verano y en invierno, y un abrigo viejo y roto, de un color indeterminado, entre negro, gris, verde y marrón oscuro.
A veces extiende la mano con la palma abierta y hueca, como un cuenco y murmura una letanía ininteligible, como hacen las mujeres rumanas que piden dentro del mercado. La gente circula y finge ignorarlo, miran hacia otro lado o clavan los ojos en el suelo. Pero él permanece inmóvil en su postura, porque sabe que, tarde o temprano alguien se detendrá y dejará caer unas monedas en su mano o en el suelo. Entonces él las guardará en su puño izquierdo, porque tiene los bolsillos rotos, y marchará al mercado para gastarlas rápidamente en su pequeño placer de cada día: una caja de vino de cartón.
Camina torpemente, tambaleándose y arrastrando los zapatos viejos por el pavimento. Ya ha dejado de ser invisible, y la gente que bulle alrededor ahora lo esquiva. Algunos se cruzan de acera como si tuviesen miedo de acercárse demasiado. Tal vez sea su olor agrio, o su barba enmarañada de un gris amarillento. ¡Qué fea es la miseria! vocea. Y alguno se detiene y lo mira escandalizado. ¿Fea? Tú sí que eres fea – le dice a una mujer que se cruza en su camino. Ella baja la cabeza y aprieta el paso.
Al caer la tarde bordea el mercado y merodea entre los contenedores, donde se reparte el alimento con otros indigentes y algunos perros abandonados. Su estómago no necesita demasiado alimento, así que casi nunca discute con ninguno de los otros. Tan solo espera a que oscurezca para buscar un rincón tranquilo y esperar a que el sueño haga de tránsito entre ese día y el siguiente. Otro día exactamente igual a todos.

sábado, junio 14, 2008

Aire y agua (poesía)

Somos igual que el aire.
Este aire tranquilo
que te besa en la cara
y que te enreda el pelo,
que juega con mi falda,
y hace temblar las hojas.
Parece el mismo aire,
y al momento ya es otro,
en el mismo lugar,
con la misma frescura,
pero un aire distinto.
Somos igual que el agua
que nos llueve esta tarde.
Esta lluvia mansa y ligera
que se adhiere al cristal
como cada otoño.
No te engañes.
Parece la misma lluvia,
pero cada gota de agua
es única e irrepetible.
Igual que nosotros.
Irrepetibles a cada segundo.
Diferentes en cada instante.
No te confíes en la trampa lineal de la rutina.
Yo ya no soy la misma que era ayer.
Y tú no eres igual que serás mañana.
Somos aire y agua
¡Afortunadamente!

lunes, junio 09, 2008

La lágrima



LA LÁGRIMA




Tu padre ha salido por la puerta dando un portazo, y nos hemos quedado las dos con nuestras lágrimas en la garganta y el pulso alterado. No te preocupes, ya pasó todo, y apenas me duele la bofetada. No, cariño. Me han dolido mucho más las palabras, los gritos, y sobre todo que tú lo escuchases todo. Porque aunque aún eres pequeña y todavía no entiendes lo que decimos, enseguida te has puesto a llorar, y deduzco que esa era tu pequeña manera de defenderme.
Ahora pareces mucho más tranquila. Te he puesto al pecho para calmarte y has tardado escasamente dos minutos en cerrar tus ojos y quedarte dormidita. Observo tu respiración, tu silueta tan plácida y no puedo evitar que una lágrima caiga sobre tu mejilla blanca. Tú ni siquiera te has inmutado mientras resbalaba hacia tu barbilla, por debajo de mi pecho.
A veces me pregunto si no estarás mamando demasiado dolor.

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