sábado, noviembre 15, 2008

Tiernamente bello

De vez en cuando, navegando a la deriva por la red, uno descubre tesoros como éste. Sencillamente precioso


lunes, noviembre 10, 2008

Soneto

Este soneto lo escribí cuando estaba embarazada de mi hija, en los primeros meses, cuando apenas comenzaba a sentirla dentro de mí.



Si ya te amaba antes de que fueras,
y de que Dios soplase tu latido.
Si deseaba en mi vientre hacerme nido,
ver en mi piel tu piel y que crecieras.

Si ya te amaba así, desconocido,
ahora que tus huellas son certeras,
ahora que te siento ya de veras,
sangre con sangre, y de latir sentido,

ahora que en mis venas te enmarañas,
y eres tú justo aquí, dentro, conmigo,
haciéndome sentir cosas extrañas.

Ahora eres locura en el ombligo.
Eres polvo de sol en mis entrañas,
y en nombre del Amor, yo te bendigo.

sábado, noviembre 08, 2008

Abismo

ABISMO

La conocí en el parque, junto al Puente de los Deseos, ese que tiene una baranda de piedra y desde donde los chavales tirábamos migas de pan a los barbos.
Ella tendría unos cuatro años, y siempre iba impecablemente vestida. Solía distraerse encaramándose a la baranda de piedra, mientras La Tata que la cuidaba, hablaba con su novio. Yo, con mis siete años, sentía un extraño vértigo cuando la veía desafiar al equilibrio, tan menuda y sin saber lo que era el miedo. Así que me impuse la responsabilidad de vigilarla para que no le ocurriese nada.
Tenía algo en la mirada que me tenía fascinado. En sus ojos, de un color entre miel y aceituna, se podía leer, ya tan pequeña, que estaba saturada de abundancia. Había en esa mirada una mezcla de desilusión, aburrimiento y deseo de huida.
Nunca cruzamos más de tres o cuatro palabras de cortesía. Ni siquiera supe jamás su nombre. Ella jugaba en el puente y yo la escoltaba. Ahí comenzaba y terminaba nuestra amistad.
Pasó el tiempo, La Tata se casó y la niña no volvió al parque. Yo también crecí, aunque nunca conseguí olvidarla. Sin saberlo, buscaba su mirada en todos los ojos que me encontraba.
Cuando cumplí quince años, mi tío me colocó de botones en el Banco donde trabajaba. Como era discreto y aplicado, en unos años me coloqué los manguitos y llegué a ser cajero. Desde mi puesto, podía admirar a las señoritas más distinguidas de la ciudad, pero ninguna conseguía llamar mi atención. Ninguna era como ella.
Un día, tendría yo veintiún años, la vi entrar en el Banco y el corazón me dio un vuelco. Llevaba un vestido de organza, y en la cabeza, un discreto tocado y un recogido en la nuca, lograban domar aquel pelo alborotado, que de niña escondía bajo un bonete. Iba del brazo de un hombre de unos cuarenta años, a quien yo conocía de vista, por ser cliente asiduo del Banco.
Enseguida, el director salió de su despacho a saludarles, y el hombre la presentó como su esposa.
─Un placer ─dijo el director. Ella le contestó con una ligera inclinación de la cabeza.
Yo, sin quererlo, no podía apartar la vista de esos ojos. Después de tantos años, ahí estaban: el mismo color entre miel y aceituna, la misma mirada de hartazgo, el mismo aire aburrido, la misma querencia al abismo.

sábado, noviembre 01, 2008

Mario y Ana


MARIO Y ANA




Recostado sobre la arena de la playa, Mario juega a recorrer la espalda de Ana con su dedo índice. En sus labios todavía late el sabor a Vodka y sal de los últimos besos. No hay nadie en la playa, pero aún así, c Ana se acerca a Mario para refugiarse pudorosa entre su cuerpo. Él se asoma en sus ojos, buscando tal vez algún rastro de los pensamientos que en ese momento ocupan su cabeza. Los observa detenidamente intentando encontrar en ellos alguna muestra de emoción, algo que le permita averiguar cómo se siente. Sin embargo no consigue atisbar nada dentro de esos ojos. Parecen ausentes.
- Estás muy callada.
- Me gusta el silencio.
- El silencio es una forma más de egoísmo.
- ¿Eso piensas? Bien, en ese caso supongo que de vez en cuando es conveniente ser egoísta.
Una vez más Mario se siente desorientado. Nunca sabe qué es lo más apropiado después de hacer el amor con una mujer prácticamente desconocida. Siempre tiene la sensación de que haga lo que haga estará mal hecho.
Quizás debería marcharse justo en este momento. A veces hablar tan solo sirve para estropear lo que fue una noche preciosa. A veces, la luz del día se empeña en borrar los tintes románticos que se inventó la noche.
Hay historias que están hechas para durar apenas unas horas. Pero ¿quién sabe?

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