jueves, abril 30, 2009

INOLVIDABLE

INOLVIDABLE



Hace unos días Toñi, nos traía al blog del Club de Escritura la Biblioteca, el anuncio de George Clooney de una marca de cafeteras y no he podido resistirme a compartir esta fotografía con mis sufridos visitantes.
Han pasado ya unos añitos desde aquella tarde, pero tanto él como yo estamos bastante reconocibles...
Sí, sí, la de la foto soy yo, y os aseguro que no hay fotoshop de por medio.






Bueno, un poquillo de trampa sí que hay... pero es más divertido si la descubrís vosotros.

lunes, abril 27, 2009

EL EXTRAÑO LIBRO


EL EXTRAÑO LIBRO

A menudo, suelo encontrar cosas importantes mientras busco otras totalmente distintas. Esto fue exactamente lo que ocurrió con ese libro tan extraordinario: que tropecé con él mientras peinaba los archivadores de mi despacho en busca de un expediente extraviado.
He de confesar que el hallazgo me descolocó en un primer momento. ─¿Cómo habrá llegado esto aquí?─ me dije . No suelo tener novelas en mi puesto de trabajo, de hecho los únicos libros que ocupan las estanterías de mi oficina son los relacionados con el Derecho.
Tan descuadrada me quedé con aquel encontronazo, que dejé de buscar el expediente y me puse a hojear el libro cuidadosamente. Sin esperarlo, aquel objeto me trajo a la memoria un buen puñado de recuerdos. Una tarde de primavera en un parque de Madrid. De fondo, un cantautor desconocido arañaba el aire con su voz quebrada y una guitarra acústica. Desde un puesto de gofres llegaba un agradable aroma a chocolate recién hecho. Habían pasado quince años desde entonces, quince años que volaron sin apenas darme cuenta.
Él se llamaba Marcos y era algo más que un amigo. Podía recordar su sonrisa de oreja a oreja mientras me enseñaba su trofeo. Tenía en sus manos su primera novela, autoeditada con sus precarios ahorros de estudiante. Aquél había sido su regalo de despedida antes de tomar el tren que lo llevaría a Lisboa. Lo que ninguno de los dos imaginábamos es que a partir de entonces nuestras vidas se iban a bifucar del modo en que lo hicieron. Horas más tarde, mientras él cabeceaba en el asiento del tren, yo perdía, o tal vez dejaba olvidado, su libro en algún lugar de Madrid.
Y ahora, quince años después, aparecía en el último lugar que hubiese podido imaginar, en mi propio despacho. Sin darle demasiadas vueltas a aquella circunstancia, comencé a leer de manera distraída, intentando tal vez escarbar un poco más en la memoria, y rescatar algunos momentos agradables que ya daba por perdidos. Sin embargo, lo que encontré en aquellas páginas me dejó absolutamente asombrada: la historia que se narraba en aquella novela, tenía un paralelismo escalofriante con mi propia vida, especialmente los últimos años, desde aquella lejana tarde con Marcos.
En un principio no le di demasiada importancia al hecho de que la protagonista de la novela se llamase igual que yo, y trabajase como abogada laboralista en un despacho en las afueras de Madrid. Probablemente ─pensé─ Marcos se inspirase en mí para escribir la novela. Pero conforme avanzaba la trama, e iba descubriendo más y más coincidencias, comencé a pasar de la sorpresa al estupor, y del estupor a la inquietud.
─¿Pero qué libro tan macabro es éste?─ exclamé en voz alta al llegar al capítulo en el que descubría que mi marido tenía un lío con una compañera del gimnasio.
Sin embargo, de algún modo la curiosidad se había apoderado de mí, y no podía dejar de leer aquellas líneas, a pesar de que la sensación que me provocaba aquella historia no era precisamente agradable.
Tan absorta estaba en la lectura que ni siquiera me di cuenta de que había anochecido, e incluso había comenzado a caer una ligera lluvia, que tintineaba sobre los ventanales de la oficina. En el libro, estaba reviviendo la muerte de mi padre, y la emoción había encontrado vía libre para desatarse en forma de un llanto abundante que nublaba mis ojos.
Dejé de leer al llegar al punto en el que la protagonista encontraba un libro extraño en los archivadores de su despacho. Comencé a sudar y mi corazón se puso a latir con desenfreno. Me froté los ojos y deslicé con suavidad los dedos por mi frente, para intentar aliviar la sensación de mareo que comencé a sentir, y el intenso dolor de cabeza. ¿Qué ocurriría ahora? ¿Estaría escrito mi futuro también en aquellas páginas perversas?
La respuesta la tenía casi clara, a la vista de lo que había leído hasta el momento, pero había otra pregunta mucho más importante: ¿Tendría valor para seguir leyendo? Desde luego, no aquella noche, no en aquel momento y desde luego tampoco en aquel lugar.
Con determinación doblé el extremo superior de la página en donde había interrumpido la lectura, y comencé a recoger mis cosas para marcharme. El silencio, tan solo quebrado por el incesante crepitar de la lluvia, me sobrecogió, y no pude evitar sentir un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo desde la nuca hasta los tobillos, y me dejó tambaleando a la puerta de la oficina.
Fue entonces cuando me decidí a llamar a Marcos. Después de todo ese tiempo, no titubeé al marcar los dígitos de aquel teléfono al que había llamado tantas otras veces en el pasado. No fue hasta escuchar la voz de aquella mujer, cuando caí en la cuenta de que el número que yo conocía era el de la casa de sus padres.
Tuve que explicarle varias veces a aquella señora quién era yo, para que se decidiera a darme el número del móvil de Marcos. Aún así, en cuanto lo tuve pensé que tal vez lo mejor era que llamara primero a un taxi, y esperase a llegar a casa para telefonearle más tranquilamente. Al fin y al cabo, ni siquiera tenía claro qué iba a contarle.
─Va a pensar que estás loca, eso seguro ─murmuraba de camino a casa, ya al abrigo del taxi. El conductor me miraba de reojo a través del retrovisor, sin saber exactamente si era conveniente entablar conversación o no.
Cuando llegué a casa, la lluvia prácticamente había cesado. Me metí debajo de la ducha y dejé durante veinte minutos que el agua acariciase mi pelo y resbalase por mi espalda. Cuando me envolví en el albornoz era una mujer nueva.
Me dirigía a la cocina para prepararme algo rápido antes de ir a la cama, cuando volví a tropezarme con él de nuevo. Estaba allí, junto al teléfono, desafiante, con aquella página doblada en su extremo superior, tal y como lo había dejado sólo media hora antes sobre el escritorio de mi oficina. Al verlo supe que no tenía escapatoria. Mi destino era leer aquel libro, conocer mi futuro, y probablemente volverme loca a partir de ese momento.
Y aquí estoy desde entonces, sentada en el sofá de mi salón, con el libro entre las manos, sin poder parar de leer hasta la última página. ¿Y después? ¿Qué ocurrirá después? Tal vez nada. Quizás descubra que sólo soy un personaje de novela, y mi destino es ser leída una y otra vez por distintos lectores, haciendo de mi vida una incesante repetición, tal vez con distintos matices en cada ocasión.
Mañana posiblemente todo sea un dejá vu, pero ¿a quién no le gusta releer una buena historia?



domingo, abril 05, 2009

DELIRIOS NOCTÁMBULOS

MI RELATO AUTOBIOGRÁFICO

DELIRIOS NOCTÁMBULOS (PAULA)


Yo también tengo un pasado del que no me gusta hablar, con la esperanza de que, a fuerza de no recordarlo termine por desaparecer. Y no es porque no me sienta orgullosa de aquellos años. Sinceramente creo que cumplieron su función. En ese momento era lo que tocaba, y ahora lo que toca es otra cosa. Pero recordar desestabiliza a veces, y luego aparecen las dudas, las preguntas sin respuesta, las odiosas comparaciones. Y no, el pasado está mejor en los cajones, apolillándose y acumulando polvo.
¿A quien puede importarle quién era yo hace veinte años, en qué ocupaba mi escaso tiempo libre, o de qué manera sobrevivía al hastío? Lo importante es el presente, no nos engañemos. Y hoy por hoy, mi vida está llena de cosas positivas.
No me gustaría escarbar demasiado en aquellos días. Fueron tiempos grises, repletos de monotonía y sucesos poco interesantes. Mi vida era tan típica que me tenía que inventar otras para poder respirar un poco de aire fresco, y así, como quien no quiere la cosa, comencé a escribir.
Entonces ocurrió lo que ocurrió, y todo dio un vuelco. La noche del suicidio, como yo la llamo. Porque aquello fue un crimen en toda regla. Con bastante poca premeditación, todo sea dicho, pero con mucha alevosía. Un homicidio necesario, no hubo más solución. Aquella vida esquizofrénica me estaba desgastando más de la cuenta.
Mientras me desenvolvía en mi mundo ordenado, añoraba a la otra, a la soñadora. Y trataba de imaginar cómo sería mi vida sin horarios, sin el corsé que me imponía mi trabajo y mis responsabilidades, si pudiese reinventarlo todo de nuevo, pero al final siempre me paralizaba el miedo. La incertidumbre me producía vértigo, y el vértigo me llevaba de nuevo a mi vida perfectamente ordenada.
Sin embargo, aquella noche todo se convulsionó. Era una noche de insomnio, como habían sido tantas otras. Con la ofuscación de la vigilia, mi cabeza encadenaba pensamientos a toda velocidad, cada uno más inquietante, y a cada momento más desoladores. No es que hubiese ocurrido nada grave en mi vida, era simplemente mi estricto sentido de la responsabilidad el que se había desbocado otra vez, sin remedio por mi parte, con la única función de desesperarme y no dejarme pegar ojo. De hecho llevaba una semana durmiendo bastante regular, con la tensión por las nubes y una constante sensación de mareo que me impedía incluso levantarme de la cama para dar un paseo por la casa. Mi querido sentido de la responsabilidad se estaba pasando de la raya.
─ Una cosa es querer hacerlo todo bien, y otra muy distinta es llevarte mi salud por el camino ─le dijo Paula la soñadora a la otra, la irritantemente perfeccionista.
─ Ya salió la otra ─contestó la puñetera calculadora, empujando a su contraria debajo de las sábanas─ ¿qué sabrás tú de la vida? si yo no trajese el sueldo a esta casa, veríamos a ver si serías tan creativa para ganarte las habichuelas.
─Perdona cariño, pero yo me ganaría el suelo muchísimo mejor que tú si me hubieses dado alguna vez la oportunidad de hacerlo. Y además seríamos felices, cosa que dudo que tú algún día consigas.
─La felicidad es algo con lo que se sueña cuando se tiene todo lo demás cumplido. Típico de ti comenzar la casa por el tejado. ¿Piensas vivir de sueños el resto de nuestra vida?
─De momento me conformaría con que nos dejases dormir esta noche. Y ya que estamos, me gustaría que me dejases expresarme de vez en cuando, que últimamente no paras de asfixiarme, y vas a acabar con mi paciencia cualquier día.
─¿Me estás amenazando?
─¿Te sientes amenazada?
─Tú no serías nada si mí, ¿es que no te das cuenta?
─¿Quieres que lo comprobemos?
─No tienes lo que hay que tener.
─No me tientes, que me tienes ya muy harta desde hace mucho tiempo.
─Palabrería, eso es lo único que te sobra. Ni siquiera sabrías por donde empezar.
Y entonces fue cuando lo hice. Sí, la aplasté contra la almohada sin decir ni media palabra.
Desde aquella noche, mi vida fluye en un constante vuelo a la deriva. Nunca sé cómo voy a pagar las facturas del mes siguiente, jamás hago planes a largo plazo, y gracias a eso he vivido en veinte ciudades diferentes. Ya no tengo que imaginar historias para evadirme, porque mi vida se ha convertido en la mejor de mis novelas, y lo más emocionante es que no tengo ni idea de lo que ocurrirá en el próximo capítulo.
Y es que, desde que la incertidumbre entró en mi vida, y se apoderó de ella como una droga, es cuando realmente puedo asegurar que me siento viva. Lo de antes era una mera sucesión de días, sin la menor intención de llegar a ninguna parte.
Y por cierto, me gano la vida mucho mejor que antes. ¡Quién lo habría dicho!

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