lunes, septiembre 28, 2009

Érase una vez el color amarillo

Érase una vez el color amarillo





─Mamá ¿cuál es este color?
─ Este color es el amarillo. Mira, los pollitos son amarillos, los girasoles también y los limones…
─¿Y los periódicos?
─Sí hija, también los periódicos suelen ser amarillos con demasiada frecuencia
.

Lo siento si alguien se me ofende, pero es que estoy hasta las narices de la prensa de este país. Creo que ya nadie se salva, aquí nadie contrasta nada, no importa el daño que puedas hacer. Ya no existe el derecho a la imagen, ni al honor, ni la prudencia ni la decencia. Esto es una competición a ver quién saca el titular más agresivo, o quien hace más demagogia.
Un auténtico asco…
Y no sigo, que sé que al final diré algo de lo que me pueda arrepentir.
Como consumidores de información, alguien debería velar por nosotros, porque se publiquen informaciones veraces, porque no se nos manipule, ni se nos vendan medias verdades, o mentiras completas de manera impune.
Como consumidores de información, deberíamos exigir que no se nos tome más por tontos. Yo sé que llenar páginas a diario, o minutos de radio y televisión es difícil. Pero para escuchar sandeces, ya tenemos a los parásitos del corazón.
Seamos serios. Por favor.

Y perdonad si no soy más explícita. Creo que quien me conozca bien puede adivinar a qué me estoy refiriendo. Pero no quiero dar más detalles para no echar más leña al fuego. Que ya bastante arde con los dimes y diretes de los unos y los otros.

lunes, septiembre 07, 2009

7 de Septiembre

7 de Septiembre




Hoy es siete de septiembre y, como todos los años desde hace más de veinte, a Inés le tiemblan las piernas mientras se pinta los labios delante del espejo.
Ha elegido un vestido de color verde, que resalte el tono aguamarina de sus pequeños ojos. Los zapatos con un tacón amable, para que sus pies resistan toda la noche, y el dolor no acabe por desbaratarle la sonrisa; esa sonrisa que, frente al espejo, ahora perfila de un rojo brillante. El mismo rojo de los últimos siete de septiembre. El mismo rojo que aquella vez.
Aquella vez, ella tenía diecinueve años, él rondaba ya los veinticinco. Ella tenía la cabeza llena de sueños, él tenía las manos llenas de deseo. Esa misma mano firme que la sujetó por la cintura en el preciso momento en que atravesaban el umbral de la Puerta de Hierros.
─Con el pie derecho ─le susurraba él al oído─ Hay que entrar con el pie derecho.
Ella le contestó con un guiño y pensó que aquella noche todo era sencillamente perfecto.
Después pasaron los días, y al terminar la Feria, el otoño dejó al descubierto todas las imperfecciones que tenía su proyecto de pareja. No tardaron en darse cuenta de que no estaban hechos el uno para el otro, de que eran demasiado diferentes. No tardaron en llegar a la conclusión de que juntos jamás podrían ser felices, y decidieron seguir con sus vidas por separado.
Pero la Feria es terca, y se empeña en desempolvar los recuerdos.
Por eso, al año siguiente, el día siete de septiembre, cuando el teléfono sonó a la hora de la siesta, ella sabía perfectamente quién llamaba un segundo antes de levantar el auricular y escuchar su voz. Y como seguía teniendo la cabeza llena de sueños, no dudó en volver a pintarse los labios, escoger un vestido sugerente, y dejarse envolver por la magia de la Feria, por las luces, por el bullicio del Paseo. Allí, entre miles de personas, frente a la Puerta de Hierros, él la esperaba impaciente para cruzar el umbral cogidos de la mano.
─Con el pie derecho ─Le recordó ella─y esta vez fue él quien contestó con una sonrisa.
Luego, como quien no quiere la cosa, fueron pasando los años, y cada uno fue tejiendo su vida de manera independiente. Él encontró sus deseos en otra ciudad, ella siguió apegada a su tierra y a sus sueños. Él se casó dos veces, y tuvo dos hijos. Ella se encontró a sí misma cuando dejó de buscar pareja, y descubrió a una mujer llena de posibilidades.
Sin embargo, cada año, diez días en septiembre, venían a romper las rutinas, y como en un espejismo, se dejaban llevar por el sinsentido, y se atrevían a soñar con lo imposible.
Y de esta forma cada año, mientras a los dos les quede un ápice de añoranza, se encontrarán sin previo acuerdo frente a la Puerta de Hierros el día siete de septiembre, justo después de la Apertura, entre miles de personas. Ella con sus labios pintados de rojo, él con sus manos inquietas en los bolsillos. Con el mismo nudo en el estómago que aquella primera noche. Con el mismo temblor de piernas. Con el mismo deseo. Con la misma magia.

domingo, septiembre 06, 2009

Trabajo Pendiente


Trabajo Pendiente
Cargado originalmente por Beto!
No, no me han abducido los extraterrestres...

Sencillamente, he estado atrapada bajo una torre inabarcable de trabajo pendiente.

Menos mal que mañana empieza la Feria, que si no...

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