martes, noviembre 17, 2009

Estamos en Priego

Estamos en Priego, un pueblo bastante coqueto situado en las puertas de la Serranía de Cuenca, y pegado a la comarca de la Alcarria. Siempre he sido una enamorada de los paisajes de serranos, y concretamente esta comarca de Cuenca me parece un lugar para volver una y otra vez, aunque sólo sea para llenarse los ojos de colores, respirar un poco de paz a través de su aire frío, y lo más importante, abandonar la rutina en un entorno ideal para la desconexión.
Cuenca es única, dice el eslogan. Y yo añadiría, si un paisaje puede enamorarte, probablemente éste lo hará.
Siempre he pensado que la mejor estación para visitar esta zona es el otoño. En esta época el paisaje se tiñe de colores castaños, ocres, que contrastan con el eterno verde de los pinos y el gris azulado de las rocas kársticas. En otoño, las hoces de los ríos se cubren con una niebla misteriosa, romántica incluso. Y si el cielo consigue un tono plateado, parece que el paisaje brilla más, que las hojas de los chopos crujen más, que el rojo de las mimbreras en más intenso… En fin, para qué seguir describiendo algo que es tan fácil mostrar con imágenes.

Esta es la laguna del Tobar, cerca de Beteta



Y esta otra del nacimiento del río Cuervo.



Muchas gracias a Roberto Tartaj March por sus increibles fotos. Podéis disfrutar de sus trabajos en este enlace

http://www.fotonatura.org/galerias/1618/

domingo, noviembre 08, 2009

SOBRE CONCILIACIÓN Y CULPA


SOBRE CONCILIACIÓN Y CULPA

Hace unas semanas hablaba con una amiga, que tiene un hijo de cuatro años, y me contaba con lástima lo mal que se sentía por tener que dejarlo en casa para ir al trabajo.
-No lo estoy criando yo –me decía. Son otras personas las que lo están educando.
Me contaba que cada tarde, después de comer, cuando ella tenía que volver a la tienda en la que trabaja, él le pedía llorando que se quedase a su lado, que no fuese a trabajar. Me decía que muchas veces se había marchado de casa con los ojos llenos de lágrimas, y con un enorme sentimiento de culpa por no poder quedarse con él.
Me gustaría decir que para mí todo es diferente, pero lo cierto es que no. Yo también me siento culpable cuando me marcho a la oficina, y la dejo llorando y llamándome. Y eso que yo, relativamente, tuve la suerte de poder acumular el permiso de lactancia con el permiso de maternidad, las vacaciones y después un par de meses de excedencia, que me permitieron incorporarme al trabajo cuando Irene tenía ya ocho meses. No quiero ni siquiera imaginar lo que tiene que ser incorporarte al trabajo cuando tu hijo apenas ha cumplido los cuatro meses.
¿Suerte? ¿Por qué suerte, si se trata de un derecho de los trabajadores? Bueno, evidentemente, todos no tenemos la misma flexibilidad en nuestros trabajos para hacer uso de nuestros derechos. Ni todos somos igual de imprescindibles para la empresa (y aquí estoy pensando en los autónomos o en los que trabajan para empresas muy pequeñas) ni todos nos podemos permitir estar varios meses sin cobrar.
Para algunas mujeres, hoy por hoy, ser madre implica tener que hacer renuncias. Es evidente que en materia de conciliación todavía tenemos mucho camino por recorrer. Y no me refiero exclusivamente a un permiso por maternidad más largo –que también, eso sí, con el apoyo necesario para que la ausencia de la empresa no sea traumática para nadie- La conciliación debería ser un concepto amplio, que compatibilice la atención de la familia con el trabajo sea cual sea la edad de los hijos.
Es un tema muy complejo, y muy delicado. Pero al mismo tiempo considero que es de vital importancia que se genere el debate social oportuno, porque nos estamos jugando algo muy valioso: Las generaciones futuras.
Evidentemente, no faltará quien opine que las mujeres de ahora lo queremos todo. Que no queremos renunciar a nuestra faceta profesional, y al mismo tiempo no queremos dejar de disfrutar de nuestra maternidad. No me sorprende que todavía quede gente con esa estrechez de miras. Alguno sigue pensando que los hombres son los que deben salir a cazar al mamut, mientras que las mujeres se deben quedar en casa acicalando la cueva.
Pues no, no me gustaría tener que renunciar a nada, sobre todo cuando estoy convencida de que las cosas siempre se pueden mejorar. Desde luego, no habríamos evolucionado hasta donde estamos ahora con esas mentalidades tan retrógradas. Pero eso no significa que no se pueda seguir mejorando, en derechos y en calidad de vida.
Y sobre todo, me niego a sentirme culpable, porque me guste mi trabajo, por querer mantener el puesto que tantos esfuerzos me ha costado. Pero tampoco entiendo que eso suponga tener que sacrificar todo mi tiempo, un tiempo que ni siquiera es mío, sino que también es de ella, de mi hija, y de mi pareja, de mi familia, y de mis amigos...

Por eso, cada vez que, después de cumplir con mi jornada reglamentaria, intento marcharme de nuevo a escondidas a la oficina, para seguir cumpliendo con la empresa -ella, por supuesto, atenta a cualquier movimiento mío, temiendo que me marche en cualquier momento, que le vuelva a hacer la espantada, me coge de la mano y me dice en su idioma: mamá, no te vayas- y a mí se me hace un nudo en el estómago y no puedo evitar preguntarme: ¿Estaré haciendo lo correcto?
No lo sé. A veces dudo de que exista una respuesta correcta. Desde luego, ¡Qué difícil!

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