sábado, octubre 30, 2010

Hoy hace cien años, en Orihuela...

Hoy hace cien años, en Orihuela, nacía Miguel Hernández.
Sé que no soy ni la primera, ni la última, ni la más original, pero desde este rincón también quiero hacerle hoy mi particular homenaje.
Y me apetece contar que mi primer regalo de San Valentín, fue precisamente un libro de poemas suyo. Que desde ese momento me enamoraron sus sonetos, su poesía tan cargada de sentimiento, sus elegías, sus silbos...
Su historia es triste, como la de muchos hombres y mujeres de su época. Pero él tuvo la oportunidad de dejarnos su espíritu escrito en versos. Y gracias a eso su recuerdo permanecerá siempre vivo a pesar del paso del tiempo.
El pasado miércoles, tuvimos la ocasión de escuchar un puñado de sus poemas en la poderosa voz de un actor enorme como es José Sacristán. Me habría gustado encontrar la manera de haceros llegar la emoción que sentí aquella tarde. Fue un recorrido íntimo por la vida del poeta a través de sus versos. Un Miguel Hernández hombre, enamorado, luchador, idealista, esposo y padre.

Este es uno de los poemas que se leyeron. Sentimientos a flor de piel. Nítido, transparente como el agua.


Me sobra el corazón


Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,
hoy estoy para penas solamente,
hoy no tengo amistad,
hoy sólo tengo ansias
de arrancarme de cuajo el corazón
y ponerlo debajo de un zapato.


Hoy reverdece aquella espina seca,
hoy es día de llantos de mi reino,
hoy descarga en mi pecho el desaliento
plomo desalentado.


No puedo con mi estrella.
Y busco la muerte por las manos
mirando con cariño las navajas,
y recuerdo aquel hacha compañera,
y pienso en los más altos campanarios
para un salto mortal serenamente.


Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,
mi corazón escribiría una postrera carta,
una carta que llevo allí metida,
haría un tintero de mi corazón,
una fuente de sílabas, de adioses y regalos,
y ahí te quedas, al mundo le diría.


Yo nací en mala luna.
Tengo la pena de una sola pena
que vale más que toda la alegría.


Un amor me ha dejado con los brazos caídos
y no puedo tenderlos hacia más.
¿No veis mi boca qué desengañada,
qué inconformes mis ojos?


Cuanto más me contemplo más me aflijo:
cortar este dolor ¿con qué tijeras?


Ayer, mañana, hoy
padeciendo por todo
mi corazón, pecera melancólica,
penal de ruiseñores moribundos.


Me sobra corazón.


Hoy, descorazonarme,
yo el más corazonado de los hombres,
y por el más, también el más amargo.


No sé por qué, no sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día.

viernes, octubre 29, 2010

Para relajarse

Este fin de semana me lo voy a tomar con calma. Me apetece empezar por un buen baño con música relajante.

martes, octubre 26, 2010

Pequeños Momentos

Hay cosas que llegan en el momento preciso, y últimamente necesitaba algo así.
Hoy he comenzado un curso de haiku que me ha dejado un muy buen sabor.
Y digo que llega en el momento preciso porque, después de un inicio de semana un poco torcido, he salido con una paz interior que hacía tiempo que no conseguía.
Y es que, cada vez estoy más convencida de que la felicidad consiste en saber coleccionar esos pequeños buenos momentos que nos encontramos por aquí y por allá.
Un café con compañía agradable, un buen libro, un guiño o un beso en el instante justo, un saludo de los de verdad, una taza de chocolate caliente en una tarde de tormenta interior...
Y los malos rollos, que se vayan al pijo.
Bastantes sinsabores nos encontramos a lo largo de la vida, como para darle importancia a quien no la merece.

viernes, octubre 22, 2010

Te quiero mucho

Soy una persona afortunada. Últimamente me lo dicen a menudo: Te quiero mucho mamá
Y si viene acompañado de un buen beso con abrazo, la sonrisa se me queda tatuada durante horas.
Sé que esta etapa pasará, y vendrán otras etapas diferentes. Es necesario que así ocurra, como me ocurrió a mí, y como lleva ocurriendo desde el origen de la humanidad.
Por eso, quizás, me apetece dejar constancia de estos pequeños momentos, por si algún día tengo que recordarlos.

Esto circula por la red y llegó a mi muro en facebook gracias a una estupenda madre que se llama Ana. Aunque la mayoría lo conoceréis, quiero compartirlo.


2 años: mamá sabe todo!

8 años: mamá sabe mucho!

12 años: mamá en realidad no sabe todo!

14 años: mamá no sabe nada!

16 años: mamá es nula! ......

18 años: mamá ya pasó de época!

25 años: mamá quizá sabe de esto!

35 años: antes de decidir le preguntaré a mamá!

45 años: me pregunto qué opinará mamá de esto! 

75 años: cómo me gustaría poder preguntarle a mamá!


Yo también te quiero mucho hija.

Y aunque ya no te lo diga, también te quiero mucho, mamá.



jueves, octubre 21, 2010

Nueve


Dice la numerología, que si sumamos los dígitos de nuestra fecha de nacimiento, y los reducimos a uno solo, obtendremos el número que nos define y que marca nuestra personalidad y nuestro destino.
Yo no es que crea en estas cosas, pero me gusta jugar, para qué negarlo.
Y hoy que he tenido un día laaargo y no tengo ganas de pensar en cosas serias, me apetece entretenerme un rato en algo un poco más frívolo. Y de paso me acordaré de aquellas tiradas de cartas que hacíamos hace ya... ¿tantos? pues sí, unos cuantos años, en los descansos de las clases de la universidad. O de las lecturas detalladas del horóscopo chino, del celta o de ya ni me acuerdo cual... Pues eso, que nos lo pasábamos bien, y a veces hasta nos sugestionábamos tanto, que acababan por hacerse ciertas las predicciones.
Pues hoy la cosa va de números. Y concretamente de mi número: el 9
Y es que me encanta este número, que tiene algo de mágico. Son muchísimas las curiosidades que encierra, como podéis comprobar en este enlace. Cualquier múltiplo de nueve, al sumar sus dígitos y reducirlos a uno solo, dará siempre nueve.
Dicen que es un número de mal augurio en la cultura japonesa, pero de buen augurio en la cultura china. Decimos que un embarazo humano dura nueve meses (aunque realmente vienen a ser diez lunas), las novenas también duran nueve días, nueve eran los planetas cuando yo estudiaba, y nueve eran también las musas.
Para los griegos, si el número 3 simbolizaba la perfección, el nueve (la suma de tres treses) representaba la plenitud, la idea de lo completo.
Y como última casualidad os contaré que, cada mañana, cuando voy al trabajo, me encuentro con un coche cuya matrícula está formada por cuatro nueves. Me hace mucha gracia que esté siempre aparcado en el mismo sitio exacto, y al pasar a su lado pienso que una matrícula así tiene que presagiar algo positivo.
Hoy han sido dos los coches cargados de nueves con los que me he cruzado. Y al ver el segundo es cuando he pensado: tanto nueve, tiene que significar algo.

Y sí... yo creo que lo que significa es que, definitivamente, se me ha debido desajustar la última tuerca. Si esto yo ya lo veía venir...

Espero que no sea contagioso ;)

jueves, octubre 14, 2010

El hombre que sabía escuchar


El hombre que sabía escuchar

Nunca pensó que aquello fuese un talento especial, pero lo cierto es que lo tenía. Paul sabía escuchar.
Tal vez porque vivía solo en mitad de un hayedo semiabandonado; quizás porque le interesaban las historias ajenas tanto o más que las suyas propias; posiblemente porque al absorber aquellos trozos de la vida de otros, como quien decora un jarrón con recortes de revistas usadas, iba llenando la suya de emociones, dudas, preguntas y respuestas. Ni siquiera él lo sabía, pero era cierto. Paul disfrutaba cuando clavaba los ojos en la persona que tuviese enfrente, y ésta le desnudaba su interior con todos sus recovecos.
Nadie se cuestionó jamás por qué ocurría aquello, pero era algo frecuente y  natural que sus vecinos acudiesen a su modesta cabaña de madera para desahogar sus problemas, para volcarle sus miedos o pedirle algún consejo. Algunos incluso recorrían varios kilómetros por aquellos caminos sin pavimentar. No importaba, si al final sabían que podrían encontrar aquella mirada serena, la paciencia, la empatía que solamente Paul sabía dispensar a manos llenas, como quien ofrece su casa en mitad de la lluvia, o una ropa de abrigo en una noche de invierno.
Paul, con sus pequeños ojos verdes rodeados de arrugas, la expresión serena de su rostro curtido por el viento y los años, los labios delgados casi siempre callados, convivía con ese don sin darle demasiada importancia. Tal vez no imaginaba que aquellos instantes de escucha fuesen tan importantes para los vecinos que le visitaban. Para él escuchar era algo normal, no tenía la percepción de que su escucha fuese diferente a la de cualquier persona. Pero lo era.
Durante años, Paul apaciguó iras, consoló tristezas, repartió consejos, ofreció sonrisas, desenredó dudas, esperanzó incertidumbres, sostuvo espíritus, calmó miedos… y así iba llenando sus días y ocupando sus horas desde que el sol nacía hasta que se ocultaba tras la colina.

De noche, sin embargo, todo cambiaba.
En el preciso instante en que cerraba la verja metálica que cercaba su jardín, cuando desaparecían los sonidos del día y la oscuridad comenzaba a acomodarse en su porche,  el único compañero que se atrevía a compartir mesa y chimenea con aquel viejo chiflado que se empeñaba en vivir en mitad de aquel hayedo era el silencio.
Un silencio tan frío y tan pesado que a veces incluso llegaba a asfixiarle. El silencio lento, lleno de recuerdos que ni siquiera eran suyos. Empeñado en demostrarle la magnitud de su soledad.
Y entonces Paul, deseaba que, por una vez, hubiese alguien que le escuchase a él.


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Las fotos corresponden al lugar en donde tengo previsto nacer en mi próxima reencarnación. Quien adivine de qué país se trata, quedará invitado a acompañarme.





martes, octubre 12, 2010

Cien años de soledad


Hacía tiempo que un libro no me absorbía de esta forma: estoy leyendo Cien Años de Soledad.
Mi historia con esta novela es reincidente, porque ya comencé a leerla hace años sobre un libro que resultó defectuoso, ya que tenía varias páginas en blanco. 
No es la primera vez que me pasa: te sumerges en una historia, casi eres parte de ella, sus personajes conviven en tu día a día y de repente... la trama se quiebra por un error de imprenta.
En un momento así, uno se da cuenta de que lo que tiene en sus manos es un objeto elaborado por humanos, sujeto a equivocaciones, y no la llave pseudomágica que abre la puerta a otros mundos que siempre he creído que es un libro. Y estrellarse con la realidad de esa manera suele dejar un impacto casi traumático.
Recuerdo que mi cabreo fue monumental, hasta el punto de dejar el libro aparcado en la estantería y pasarseme las ganas de continuar la historia.
La tarea artesanal la hizo mi marido (entonces todavía novio), quien se descargó una versión en pdf del libro, y con esa paciencia que solo él tiene, se entretuvo en cuadrar el tamaño de la letra de manera que las páginas encajasen perfectamente con las del libro en cuestión.
Una vez lo hizo, imprimió las hojas que faltaban y las insertó en los huecos. Desde entonces el libro quedó completo, aunque un poco descompuesto.
Han tenido que pasar casi diez años, y darse ciertas circunstancias (aburrimiento de la novela que tenía entre manos y una propuesta relacionada con García Marquez del Club de Escritura) para que haya vuelto a caer en mis manos esta magnífica novela. Y como digo, me tiene tan atrapada que creo que no será la última vez que la lea.
He de confesar que a estas alturas tengo un buen lío de nombres y generaciones, y es que son tantas las historias que se trenzan en la misma novela, que a veces uno hasta se pierde. Y yo alucino de que el propio autor no lo hiciera, porque tejer semejante madeja tuvo que ser una tarea extremadamente laboriosa y metódica, a parte de derrochar imaginación por los cuatro costados.
Me encanta el estilo en el que los personajes se describen a través de sus actos, la constante trasgresión de los límites de la realidad, incluso los párrafos eternos en los que alcanzar un punto y aparte puede llevarte varias páginas, porque el ritmo es tan trepidante que llega a ser hipnótico.
Y es que había leído otros libros de Gabriel García Márquez, libros que también llegaron a engancharme, pero creo recordar que no de forma tan compulsiva como éste.
Será que libro y lector deben confluir en un determinado momento, y de alguna manera este debía de ser el nuestro.

PD. Cuando leí hace unos días que Mario Vargas Llosa había recibido el premio nobel de literatura, no pude evitar preguntar en voz alta ¡Ah! ¿Pero no lo tenía? Seguro que no he sido la única a la que le ha pasado.
Eso solo puede significar una cosa: que ya iba siendo hora.







viernes, octubre 08, 2010

Hoy por Sabina

Me gusta mucho Joaquín Sabina, el de hace años y el de ahora. El de la cazadora de cuero y el de los sombreros peculiares. Con sus letras geniales. Con su voz destrozada e inconfundible. Con sus rimas siempre en consonante. Con su tono triste. Con su desgarro.
Por eso me resulta casi imposible quedarme con una sola de sus canciones. Seguro que ésta os trae recuerdos:



Los años le han quebrado la voz, pero no el talento. La letra de "Y sin embargo" es una de mis preferidas. Metáforas precisas y un mensaje un poco desolador.



Buen fin de semana

jueves, octubre 07, 2010

Autoanálisis

Siempre he sido una persona tranquila. No suelo dejarme llevar por impulsos, y cuando tengo que mediar en un conflicto me gusta escuchar las versiones de las dos partes.
Sin embargo, conforme pasan los años, vengo notando que pierdo la paciencia con muchísima más facilidad que antes. No sé si echarle la culpa a las presiones del trabajo, si será cosa de la edad, o de las circunstancias, o hay algo más profundo dentro.
Es posible que haya cambiado y ni siquiera haya sido consciente de ello.
Creo que de un tiempo a esta parte estoy algo más susceptible, a veces noto que me radicalizo en mis posturas, y a pesar de percibirlo no doy mi brazo a torcer tan fácilmente.
Hace años, solía ser buena escuchando, y sonreía mucho más a menudo. Ahora me dedico mucho más tiempo a mí misma que a los que están alrededor. Es como si me hubiesen absorbido la empatía, o la energía vital.

Y lo peor de todo, es que últimamente tengo la sensación de que parezco constantemente enfadada.
¿Será posible?

martes, octubre 05, 2010

Nobel de la Felicidad


Hay que ser muy valiente para desafiar a la Naturaleza, para corregirla o apuntalarla tal vez, y generar así una fuente inagotable de sonrisas.
Esta tarde, el científico británico Robert G. Edwards ha recibido un merecidísimo Premio Nobel de Medicina, por abrir un camino que ha hecho felices a cerca de cuatro millones de familias.
Desde que en 1978 naciera la primera niña fecundada fuera del útero materno, han pasado los suficientes años como para que ese milagro se haya convertido en algo cotidiano. Una maravilla que ha permitido cumplir sueños, materializar esperanzas. Un desafío que ha sido capaz de abrir paso a la vida.

Merecidímo reconocimiento, aunque estoy convencida de que el mejor premio lo obtuvo hace treinta y dos años, aquel día de julio en que nació Louise Brown, y su proyecto se convirtió en vida.

El camino de la infertilidad es duro, está lleno de "por qués" sin respuesta, de pequeñas frustraciones, de deseos constantemente aplazados por un azar que a veces puede llegar a ser tan caprichoso como cruel.
Que haya una opción más allá de la resignación es un regalo del que disfrutamos gracias a mentes extraordinarias y luchadoras como la de Robert Edwards y tantos otros científicos.

En un día como hoy, me gustaría enviar un beso enorme a todas aquellas personas que estén pasando por el proceso de la espera. Por encima de todo, quiero decirles que no pierdan de vista su objetivo, porque el trayecto puede ser más o menos largo, pero la recompensa siempre merece la pena.


sábado, octubre 02, 2010

MELOCOTONES TARDÍOS


En un pequeño pueblo navarro, a orillas de río Aragón, existe una casa antigua con un pequeño jardín a la espalda. Como ocurre en tantos pueblos, la casa solo está habitada un puñado de días al año, más por nostalgia que por otra cosa, porque la tierra siempre llama, aunque uno haga la vida a cientos de kilómetros.
Hace años, un día de primavera, gracias a ese afán caprichoso que tiene la naturaleza por mantener el ciclo de la vida, brotó un pequeño melocotonero en mitad del jardín, entre los hierbajos y las flores silvestres. Nadie iba a cuidar de él, pero nació con empeño por sobrevivir, así que poco a poco sus raíces se fueron hundiendo en la tierra, buscando la humedad del río cercano.
Como nadie jamás lo podó, sus ramas se fueron retorciendo en busca de la luz. Compitiendo entre ellas, enredándose las hojas. Tal vez no fuera un árbol bonito, desde un punto de vista estético. Pero era fuerte, y no hubo plaga que se atreviese a entristecer sus colores.
Nunca se fumigó, ni se mezcló la tierra que lo alimentaba con abonos artificiales. Todo en él ha sido siempre naturaleza en estado puro.
Hace un par de días algunos de sus melocotones llegaron hasta mi casa. Desde entonces mi cocina huele como nunca antes lo había hecho, y comer fruta se ha convertido en un auténtico placer. Todo en ellos, el sabor, la textura, la jugosidad, el aroma, me están haciendo dudar de que esas pelotitas anaranjadas que suelo comer cada verano, sean realmente melocotones.

viernes, octubre 01, 2010

Calipso en la playa


Atardecía en la playa, y Calipso, con la mirada perdida en el horizonte, hundía los dedos entre la arena. Hacía un rato que las olas habían empezado a acariciarle los pies, pero ella ni siquiera se inmutó. Todo lo que amaba se había marchado días atrás, en aquella pequeña balsa de madera que los dioses protegerían hasta que llegase a su deseado hogar.
Ella nunca fue hogar, sólo un cobijo temporal en días de cansancio y derrota. Nunca tuvo valor, ni fue proyecto de nada a los ojos de Ulises.
Por eso ahora se palpaba el cuerpo, y en su piel tostada por el sol, no reconocía ni una sola de las caricias que hasta hacía poco él mismo le regalaba. Fueron caricias tan efímeras que ya no existían ni en el recuerdo. Sin amor, como gestos monótonos de gratitud forzada.
Calipso y su isla, cobijo y prisión en los mismos brazos. Y Ulises soñando Itaca.
─Si lo amas, déjalo ir -le dijo Hermes- ¿De qué te serviría su cuerpo, si su corazón estará lejos de ti siempre?
Y ella lo sabía. Ni en siete años ni en toda la eternidad que le ofrecía, habría podido arrancarle el recuerdo de Penélope, de su tierra, de su hijo. No había más opción que dejarle marchar, desearle buen viaje y, tal vez, soñar despierta con que el mar caprichoso lo trajera de vuelta algún día.
Pero nunca ocurrió tal cosa. Los días pasaron y Calipso se convirtió en parte de esa playa, mezclada con la arena y con las algas. Un recodo más del paisaje, el más triste, quizás, de toda la isla de Ogigia.

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