sábado, febrero 19, 2011

Trenes y recuerdos


Cuando éramos pequeños, mi padre solía llevarnos a ver trenes. Entrábamos a la estación con toda la naturalidad del mundo, sin maletas, sin prisas, disfrutando del paisaje como quien visita un museo o un monumento en un viaje turístico. Mirábamos al enorme panel negro en donde se reflejaban ordenadas las salidas y llegadas de trenes. Talgo con destino a Valencia, regional procedente de Madrid, a veces algún destino más lejano, como Sevilla o Barcelona. Allí era fácil dejar volar la imaginación, y convertirse en viajero por un instante. Aquel lugar era un portal a otros mundos, a lugares desconocidos que entonces se me antojaban casi inaccesibles. Sería tan fácil, solía yo pensar, subirse a uno de estos trenes, y dejarse transportar. Sentir otro aire en el rostro, perderse por calles desconocidas, respirar otros olores y observar otros edificios, otras caras. En definitiva, todo lo que conlleva implícito la palabra viajar.
Para mi padre los trenes guardaban en su interior un aliento de nostalgia. Recuerdos agridulces, por más que uno se empeñe en quedarse con lo más agradable. Pero hay historias que nunca se pueden olvidar por mucho que uno lo intente.
Historias tristes, de las que no le gusta demasiado hablar, aunque a veces no le quede más remedio. Porque las historias aprietan la garganta, y desean ser contadas. Esa es su manera de continuar vivas, de seguir existiendo, de reinventarse incluso.
foto estacion de Albacete desde pte Madera foto Mariano Lucas R._resize
Las historias nunca son iguales por mucho que uno las cuente, siempre son historias nuevas, aunque hablen del pasado. Por eso, a los niños les gusta escuchar la misma historia cientos de veces. Porque siempre es una historia diferente, con nuevos matices. Siempre se descubre algo nuevo en una vieja historia, y siempre nos enseña algo. Aunque no siempre seamos conscientes de ello.
En aquellas visitas a la estación de trenes, a mi padre se le dibujaba una sonrisa infantil en los labios. Los ojos se le hacían aún más pequeños y la mirada se le perdía en el tablón de salidas y llegadas. Mucho más allá, en un lugar muy parecido a aquel, pero a la vez bien distinto. Como ha cambiado todo –se decía- parece mentira que todo aquello ocurriese. Porque, no hace tanto de aquello. Parece mentira.
Talgo procedente de… Madrid, con destino… Valencia una suave voz femenina anunciaba la llegada inminente de un tren, y como un resorte, todo el movimiento de la estación se aceleraba de golpe. La gente a nuestro alrededor se levantaba de los asientos, cogía sus maletas, sus mochilas, sus bolsos. Abrazos, besos, prisas, algunos nervios aquí y allá, mientras yo, ajena a todo, intentaba imaginar las historias que se escondían detrás de aquellos rostros, de aquellos gestos.
Andén número… cinco, vía… dos repite la voz. La entonación deja al descubierto que se trata de una grabación. No sería tan difícil entonar correctamente, para que no se notara tanto el corte pensaba yo. Es cuestión de recitar los números pensando en la frase que irá justo delante.
Entonces, en ese momento, mi padre solía ponerse en pie y contagiarse del movimiento que sacudía a la estación. Es una especie de inercia, casi imposible de contener que nos suele empujar a movernos cuando todo el mundo lo hace a nuestro alrededor, como si la multitud te arrastrara y no pudieses quedarte quieto, como un mero espectador de la vida de los demás. Como cuando todo el mundo corre al salir del metro y tú, que realmente estás de vacaciones, y tu ritmo debería ser pausado, no puedes evitar correr también, arrollado por la necesidad de llegar a tiempo a no se sabe donde.
¡Vamos a ver el tren! Andén cinco, vía dos. Hay que bajar por ahí.

         De vez en cuando teníamos suerte y encontrábamos algún tren descansando en una vía muerta. Entonces podíamos subir a algún vagón e imaginar que éramos viajeros en realidad.
         Recuerdo una sensación extraña al subir las escaleras, porque no podía evitar pensar que en cualquier momento aquel vehículo podía ponerse en marcha y llevarnos dentro hacia quien sabía donde.
         ¿Y si se pone en marcha? preguntaba nerviosa mientras mi padre se acomodaba en uno de los asientos.
         Pues ya nos bajarán en algún sitio contestaba él con media sonrisa en los labios.
         ¿Y como volvemos a casa entonces?
         Pues subiéndonos a otro tren, claro.
         Pero yo no lo veía tan claro. Vivía en un universo perfectamente ordenado y la idea de que alguna pieza del engranaje pudiese desencajarse me ponía especialmente nerviosa. Era una especie de vértigo extraño, el famoso miedo a lo desconocido que siempre me ha acompañado, e incluso me ha paralizado a veces de una manera incontrolable y muy frustrante.
         Y entonces mi padre nos contaba una historia que parecía tan lejana, tan irreal, que casi nos parecía un cuento. Era difícil entender que el hombre que hablaba y el niño que vivía aquellas aventuras fuese la misma persona. Sin duda el tiempo había curado bien las cicatrices, o al menos eso aparentaba mientras hablaba saboreando la historia, como si estuviese recordando una vieja película.
         Era la historia de un niño que vendía gaseosas en la estación…




Este es el enésimo comienzo de una historia que todavía le debo a mi padre.
Las fotos que lo ilustran las he sacado de http://www.zonainmobiliaria.es y de la estupenda página de imágenes de Albacete http://albacete-fotos.blogspot.com

8 comentarios:

  1. Pues va siendo hora de pagar tu deuda, vamos que tu puedes!. Besos.

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  2. Parezco tonta, se me olvidaba, hermosisima y entrañable la historia.

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  3. Una historia preciosa, Paula.
    Me encantan los trenes y las estaciones: en casa de mis padres, durante mi infancia y adolescencia, vivíamos junto a la vía del tren. Veía pasar a diario, desde mi balcón, los correos, los mercancías (contando los vagones), y la estrella de todos: el talgo.

    Por otra parte, mi primer recuerdo de Albacete es, naturalmente, de la estación de trenes. Llegué en un expreso a las 4 y media de la madrugada y me pasé 3 horas dormitando en un duro banco de piedra, esperando a que se hiciera de día ;-)

    Paula, te animo a que escribas esa historia pendiente. Este comienzo es muy bueno.

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  4. Gracias a los dos. ¡Qué majos sois!

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  5. Me dice la página que indique si me ha parecido divertido o interesante o estúpido o aburrido o ni fu ni fa ... ¿cómo le digo que me ha hecho llorar?

    Si por lo menos tuviera un "me encanta"

    *.*

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  6. Precioso Paula... y me ha llegado mas porque me encantan los trenes y llevo siempre que puedo a los Supernenes a la estacion.
    Un supersaludo

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  7. Mari luego te paso lo que llevo escrito hasta ahora. Lo que pasa es que tengo un bloqueo y no me está resultando nada fácil.

    Superwoman, sigue llevando a tus peques a ver trenes, porque seguramente sea una de las cosas que recuerden con cariño cuando se hagan mayores.

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