domingo, noviembre 13, 2011

Entre la cebada había un hombre




Entre la cebada había un hombre. Sentado, con la barbilla apoyada en las rodillas y la mirada en el horizonte. No sabría precisar su edad, en algún punto entre los treinta y cinco y los cincuenta. El pelo manchado de canas desordenadas, la barba mal afeitada, una camiseta arrugada de un color pardusco, que tal vez algún día fue negro, y un vaquero raído de color azul desleído.
Abrazaba sus piernas con ambas manos. Es posible, que a pesar del calor de aquel mes de junio, tuviese algo de frío. En el aire flotaba el olor a tierra mojada. A veces las espigas rozaban su cara, y cuando se mecían parecía que estuviesen acunándole. Tal vez la brisa silbase como una nana. O tal vez, allá adentro, solo escuchase el silencio.
Entre la cebada había un hombre, y yo no podía imaginar qué podía hacer aquel hombre sentado en la tierra, como si esperase a echar raíces de un momento a otro.
Tampoco podía imaginar, que aquella mañana, el hombre se había levantado al rayar el alba, que se había vestido casi a oscuras, sin prestar demasiada atención a la ropa. Que se había aseado solo a medias, lo justo para despertarse un poco y quitarse las legañas. Que había cerrado la puerta con cuidado, a pesar de que la casa quedaba vacía. Y la cama deshecha. Y los platos de anoche todavía sucios en el fregadero.
No podía imaginar, que aquel hombre, sentado entre la cebada, buscaba una soledad distinta; tal vez más amplia y menos viciada, que aquella que supuraba de los muros desnudos de su casa. 

3 comentarios:

  1. Me ha removido algo en el cuerpo. Quiza porque ando buscando ese tipo de sensacion de libertad y no, no la encuentro...
    Un supersaludo

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  2. Superwoman, Pamela, no tenía claro que hubiese sido capaz de expresar lo que quería. Me alegra haber sido capaz de despertaros emociones.
    Un beso a las dos

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