jueves, diciembre 08, 2011

Escapada por Madrid

Ayer, aprovechando que yo tenía que ir a Madrid por unos asuntos del trabajo, hicimos una mini-escapada cultural por la "capital del reino".
Irene tenía colegio, además de que habría sido una paliza de viaje para ella, de manera que se quedó con una de las abuelas.
El viaje de ida fue un poco tenso, porque nos encontramos con una mañana de niebla, que ya la hubiera querido Hitchcock para una de sus películas. Había tramos en los que apenas se veía la carretera, y en esos momentos te das cuenta de lo importante que es llevar un vehículo con unos buenos faros. Y es que hay camiones que están muy mal iluminados. Apenas cuatro lucecitas tenues en las cuatro esquinas, sin más reflectantes, ni una luz antiniebla que anuncie la mole que te vas a encontrar justo antes de tener que dar un frenazo.
Se me había olvidado por completo lo estresante que puede ser conducir con niebla, y eso que durante más de cuatro años la tuve como compañera durante muchas mañanas de invierno cuando trabajaba en un pueblo de Cuenca. Pero yo creo que es de esas cosas a las que uno no se acaba nunca de acostumbrar. Ni a la niebla ni a la nieve.
También me di cuenta de que soy una pésima copiloto. Sorry darling, para el próximo viaje intentaré morderme un poco más la lengua y confiar, aunque me cueste horrores.

Siempre que viajo a Madrid tengo sensaciones contradictorias. Por un lado, al llegar, me siento literalmente engullida por una ciudad que me sobrepasa. El tráfico es leonino, no se puede dudar ni un instante, ni titubear para incorporarse a un carril. Es la ley del más fuerte llevaba a grado extremo. O sabes exactamente por donde tienes que ir, o llevas un buen GPS que te saque del embrollo sobre la marcha.
Cuando he ido en tren mi primera sensación tampoco ha sido muy distinta. Ese hervidero de gente que sabe exactamente hacia donde va, y que camina siempre con prisa, es la seña de identidad de esta ciudad. Y es que la dimensión del tiempo cambia totalmente cuando se vive en lugares donde el tiempo que inviertes en desplazamientos te marca radicalmente la agenda.
Siempre he pensado que yo no sería capaz de vivir así. Aprecio la tranquilidad con la que acudo yo a mi trabajo, a diez-quince minutos de casa, según la velocidad con la que camine. Sí, efectivamente, aquí se puede ir casi a cualquier sitio a pie, y no necesitamos horas para planificar una actividad de ocio, o para decidirnos a ir a hacer unas compras. Nuestra dimensión del tiempo tiene que ser a todas luces muy diferente.
Sin embargo, una vez que te sitúas en la ciudad, una vez que te permites el placer de disfrutarla, siempre llego a la conclusión de que es una ciudad preciosa.
Me encanta pasear por el Paseo del Prado, y todavía me admiro cada vez que alzo la vista y veo, en mitad del asfalto y del hormigón, obras tan bellas como la Cibeles, o Neptuno.


La Plaza Mayor (con Navidad o sin ella) o el Parque del Retiro, también son lugares para congraciarse con la capital, para disfrutarlos con tranquilidad.
Ayer, sin embargo, nuestra opción fue el Museo del Prado. Un poco por aprovechar la ocasión de ir los dos solos, porque de otra manera no habríamos podido hacerlo. Y en parte también para quitarme esa espina que llevo clavada desde hace muchísimo tiempo, porque, lo creáis o no, hasta ayer no había visitado nunca el Museo.
Y mereció la pena.
Tal vez, con otros zapatos más cómodos... pero sí, disfrutar de Velazquez, Goya, Tiziano, Rubens, Murillo... Esa maja desnuda tan majestuosa, Las tres gracias, Adán y Eva, La rendición de Breda... En fin, un gustazo.
Y, a pesar de haber estado en el Louvre, y de que sigo teniendo la sensación de que es un Museo prácticamente inagotable, si tengo que elegir entre la "reina de la casa" del Louvre (la Gioconda) y las Meninas del nuestro Museo del Prado, lo siento por Leonardo, pero tengo claro que me quedo con el cuadro de Velazquez.


Y es que, el cuadro lo conocemos todos sobradamente, pero verlo en la sala, desde la puerta, y observar toda su profundidad desde la distancia, es realmente impresionante. Es increíble la habilidad que tenía Velazquez para jugar con las proporciones y con la perspectiva. Da la sensación de que puedes meterte dentro del cuadro y salir por la puerta del fondo.


En resumen, que de vez en cuando sienta muy bien darse el gusto de escaparse de la rutina, y Madrid siempre es una buena opción, sobre todo para los que lo tenemos a tiro de piedra.
Por cierto, el viaje de regreso fue estupendo. Sin niebla, bien de tráfico, y con una buena conversación que hizo que se nos pasara en un abrir y cerrar de ojos.
No, si al final aprenderé a ser una buena copiloto.

3 comentarios:

  1. Que buen panorama, como decimos por acá "corto pero bueno". Lindas las imagenes.
    Saludos.

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  2. Menos mal que cuando no puedo salir de casa, ahí estás tú para hacerme viajar. Gracias guapa. Besos. Pepi.

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