domingo, septiembre 16, 2012

A la deriva


Se acomodó en el diván, se cubrió un instante los ojos con ambas manos y comenzó a hablar:

─Una enorme mentira. Eso es todo, la gran mentira.

Me convencieron de que era un capitán de barco, que cruzaría el mar agarrando el timón con mano firme, que encontraría delfines entre las olas, conocería playas salvajes en las que hundir los pies y dormir la siesta entre palmeras.
Me contaron que los mapas estaban en la palma de mi mano, que podía conseguir aquello que me propusiese con solo fijar el rumbo y seguir fielmente el astrolabio.
Que mi barco era sólido y jugaría con las tormentas. Que el sol calentaría suavemente. Que el viaje sería largo y cálido.
Pero no es así, es todo falso.
La única realidad es que navego a la deriva, sobre unas tablas llenas de carcoma. A merced del viento. Asustado por cada ola. Sobreviviendo a los vaivenes, con la certeza de que, antes o después, llegará el azote definitivo que hará añicos mi balsa y me lanzará al océano.
No he visto delfines. No encuentro el timón. El astrolabio no funciona. Y las playas están llenas de turistas que se aprietan como piojos luchando por un centímetro de arena.

Su psicóloga callaba. A veces tomaba notas, aleatoriamente. Palabras sueltas sin aparente significado. El abrió los ojos y le sostuvo la mirada, tal vez pidiéndole alguna respuesta.

─Así es ─dijo ella después de unos segundos de absoluto silencio. ─Has despertado del sueño y has descubierto la crueldad de la verdad desnuda. Y ahora ¿qué vas a hacer?

Tienes dos opciones.

Puedes continuar a la deriva, dejándote consumir por el sol, llorando de vez en cuando, añadiendo lágrimas al salitre hasta destrozarte la piel. Es posible que alguna vez te cruces con un delfín o llegues a una playa virgen, pero tus ojos estarán tan hinchados que ni siquiera podrás distinguirlos.

O puedes despertar cada mañana al amanecer y contemplar como el sol emerge en el horizonte. Puedes sumergirte cada tarde en el agua y descubrir el mundo que se esconde debajo de tu balsa. Tal vez no haya delfines, pero ¿vas a perder la ocasión de disfrutar de los millones de seres maravillosos sobre los que navegas cada día?
Puedes elegir entre vivir con miedo o aprender a hacer surf y sorprenderte con tu propia fortaleza. Y si alguna vez las olas te lanzan al fondo del mar, bucea. Nunca se sabe lo que encontrarás debajo de tus pies.
Y por supuesto, cada noche, puedes escoger entre rumiar tus problemas, hacerlos tan elásticos que casi no puedas manejarlos, o tumbarte boca arriba y dedicarte a contar estrellas.

Tú eliges.


P.D. La foto es de la costa noroeste de Gran Canaria.

4 comentarios:

  1. Ay Paula! qué bien me viene tu post... increíbles descripciones!

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  2. Pues sí, a mí también me viene muy bien tu post...estoy agobiada, sobrepasada ... pero creo q es un mal que sufrimos todas las mamás q trabajamos.

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  3. Lo escribí para animarme a mí misma, y lo compartí por si resultaba de ayuda a alguien más. Me doy cuenta de que el sentimiento está más generalizado de lo que pensaba. Así que lo dicho, si he conseguido aportar algo positivo, entonces estoy contenta.
    Un abrazo chicas, y vamos a continuar, que todo pasa.

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  4. Bueno, con esta última entrada que he leído de tí, puedo decir que me has ganado. Seguiré tus relatos con mucha atención y me quedaré con tu blog, guardado entre mis especiales pertenencias que dan luz a mi vida. Un beso y felicidades sinceras.

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