viernes, enero 16, 2015

Mis mujeres poetas: Safo

Desde hace tiempo ando dandole vueltas a una idea que por falta de tiempo, que no de ganas, no acabo de concretar.
Se trata de hacer un blog dedicado a todas esas mujeres que a lo largo de la historia han escrito versos, con mayor o menos reconocimiento.
Tengo en mente un buen puñado de nombres, pero como siempre, me falta la disciplina para comenzar a escribir sobre ellas con regularidad.
Por eso, para evitar que la idea, que me atrae poderosamente, acabe quedandose en el cesto de los eternos pendientes, voy a comenzar a escribir sobre ellas en este mismo blog, y si con el tiempo veo que consigo darle una continuidad al tema, ya exportaré las entradas a un espacio más específico.



Y para empezar, tengo clarísimo que mi primera mujer poeta en homenajear tiene que ser Safo de Lesbos.
De Safo decía Platón que era la décima musa. Nació en la isla de Lesbos hacia entre los años 650 y 610 A.C. en una familia perteneciente a la aristocracia.
Su obra nos ha llegado fragmentada y a través de referencias de otros autores. Se calcula que pudo escribir alrededor de 14.000 versos de los que apenas se conservan unos 600 Gran parte de su obra quedó destruida en el incendio de la Biblioteca de Alejandría, por considerarse impúdicos.
A ella le debemos la estrofa sáfica, que consigue el ritmo a través del juego con los acentos y la alternancia de vocales breves y largas en el verso. Así consigue versos de una gran musicalidad.
La poesía de Safo es intimista, y el amor, en todas sus manifestaciones, es una constante en sus versos.
Fundó la Casa de las Servidoras de las Musas, donde al parecer enseñaba a sus alumnas literatura, música, y otras artes. De sus poemas se concluye que Safo llegó a enamorarse de algunas de sus alumnas, lo que le ha llevado a convertirse en un símbolo del amor entre mujeres.
El poema más completo que se conserva de Safo es el Himno en Honor de Afrodita, diosa por la que Safo siente especial predilección.

Este es un fragmento de uno de sus poemas amorosos donde se aprecia la pasión e incluso el erotismo que imprimía a sus versos.

Igual parece a los eternos dioses
Quien logra verse frente a ti sentado:
¡Feliz si goza tu palabra suave,
Suave tu risa!
A mí en el pecho el corazón se oprime
Sólo en mirarte: ni la voz acierta
De mi garganta a prorrumpir; y rota
Calla la lengua
Fuego sutil dentro mi cuerpo todo
Presto discurre: los inciertos ojos
Vagan sin rumbo, los oídos hacen
Ronco zumbido.
Cúbrome toda de sudor helado:
Pálida quedo cual marchita hierba
Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte
Parezco muerta

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